domingo, 5 de abril de 2020

BENAVIDES DE ÓRBIGO

En la calle principal de Benavides, al lado mismo del edificio del Ayuntamiento, la fuente de los ocho caños derrama sin cesar un agua transparente y milagrosa de la que se dice que todo aquel que la beba adquirirá para siempre lo que de bueno tiene la personalidad del pueblo: su lealtad, su generosidad, la perseverancia... Esta fuente humilde que mira al suelo y extrae sin soberbia ni descanso el agua de un acuífero que se hunde bajo sus pies ya desde el año 1914, se ha convertido en símbolo y compañero inseparable para los vecinos de Benavides. 

Don Manuel, quien oficiaba de cura párroco del pueblo en una de las múltiples ocasiones que lo visité, me habla de ellos y asegura, “son mis feligreses gente noble y generosa”. Y me refiere con orgullo que él mismo ha podido comprobar cómo en todas las colectas que organiza la Iglesia, Benavides se destaca con respecto a otras parroquias con mayor número de fieles. Hecho que atribuye al positivo influjo de san Martín, “quien aún siendo soldado pagano al servicio de Roma -antes de su conversión al cristianismo- se encontró a un mendigo aterido de frío en medio de un monte y con su espada partió a la mitad la capa que cubría sus hombros para proporcionar abrigo al miserable”. Ésta es la leyenda que lo acompaña. Y a su advocación se levanta en el siglo XVIII sobre el solar que ocupara una iglesia románica muchos años antes, el templo actual. Exhibe la altiva iglesia un estilo ampuloso y compacto presidido por la torre que se muestra esbelta como una dama pero fuerte como un soldado. En su interior la bóveda nos regala llamaradas de luz y le confiere esa presencia espiritual y gozosa reservada a las grandes catedrales. 

Una historia de generosidades encontradas, la que el santo transmite al pueblo, con la que el pueblo corresponde al santo.

Hoy Benavides es un lugar tranquilo pero vivo, despierto, diverso, contradictorio, manteniendo un espíritu rural en el trabajo del campo y los soportales antiguos y entrañables que decoran sus calles más auténticas, en el tradicional mercado de los jueves que se viene celebrando desde la Edad Media, y persiguiendo el carácter urbano en esas edificaciones por pisos y en el comercio y la actividad que genera el turismo. Nada ajeno a su condición de cabecera de comarca, que le ha generado además de otras ventajas, acoger infraestructuras comunales como el Centro de Salud.

En el siglo XVIII consiguió ya el pueblo un importante auge industrial con famosos telares en los que se trabajaba con sabiduría el lino. A finales del siglo XIX en “La fábrica de Romero” comenzaron a elaborarse ceras, exquisitos chocolates y licores, y una buena parte de las gentes de la zona se ocuparon allí hasta que a mediados del XX comenzó la decadencia que llevaría a su cierre. Se mantiene sin embargo la tradición confitera con dos fábricas de dulces de las que salen deliciosos cuadrados de coco, sequillos, mantecados y borrachos. Hay también cerámicas y fábricas de harinas. Pero es en el campo, en esa ribera fértil del Órbigo, donde ha encontrado su mejor riqueza.

Benavides, que según Nemesio Sabugo “quiere ser religioso, labriego, variadamente industrioso y mercantil, generoso y definitivamente pacífico”, encontró, como sin duda no hubiera podido por entonces ser de otra manera, su mayor florecimiento gracias a guerras y batallas, a la belicosidad de algunas de sus gentes, aquello que en tiempos se llamó “la lealtad y el heroísmo”. De un rey torpe y sin escrúpulos como Bermudo II, envuelto en mil apuros, traiciones y desastres durante su reinado y obligado por tanto a realizar todo tipo de concesiones a vasallos, Mendo de Benavides -súbdito suyo- logró beneficiarse consiguiendo para sí el señorío de Benavides de Órbigo. Y ya en tiempos de Fernando IV, la valentía y entrega de Juan Alfonso de Benavides colaborando de manera destacada bajo las órdenes del rey a la defensa de Tarifa alcanzaron importantes privilegios y franquicias que iban a proporcionar al señorío de Benavides su época de esplendor.

Castillo, casas señoriales, el convento de san Francisco, incluso la “Chana de la Magdalena” que se supone primitivo asentamiento del pueblo y en el que hoy un pino solitario se levanta como un túmulo honrando el horizonte, todo ha ido cediendo y ocultándose a la fuerza inexorable de la desidia y de los tiempos. 

Ya pocos vecinos recuerdan tan siquiera ni las ruinas del castillo de los Condes de Luna. Del convento queda la memoria de su emplazamiento. Y del palacio de los Benavides el nombre de un territorio en el que se han levantado “casas baratas” y donde los árboles, el lúpulo, el maíz y la vegetación cubren lo demás. Ese “prao palacio”, fuente de historia y de leyendas, paraje mágico o encantado, lugar de ocultación y ensueño que regala intimidad y despierta los sentidos, donde reyes y señores se encontraban con amantes plebeyas para intercambiar entre la hierba pasiones muy ocultas, donde se pudieron vivir encuentros entre príncipes astutos y mozas sorprendidas o asustadas que a cambio de una promesa de amor entregaban su cuerpo inocente y sus tesoros. Incluso se habla de historias más turbias, de despechos, venganzas, del llanto de un niño abandonado entre los juncos, encontrado a primeras horas de la mañana por pastores y que no era otro que uno de los hijos secretos del rey.

Las leyendas, las historias y los hechos cobran su mayor autenticidad cuando han sido capaces de vivir en la imaginación rebosante de los hombres. Por eso son posibles los milagros. Por eso la fe mueve montañas. Por eso también en este pueblo, la ermita del Bendito Cristo de la Vera-Cruz que goza de honda tradición y orígenes que se remontan al siglo XV, además de los avatares que ha vivido desde entonces, del desamparo y la desidia que la llevaron a la ruina y la han vuelto a reconstruir una y mil veces hasta su aspecto actual -un poco simple y desalmado aunque haya quien quiera otorgarle un estilo modernista- nos ofrece un bello relato de su primera ubicación. 

Cuentan las voces más antiguas cómo su emplazamiento no fue elegido al azar. Según esos relatos, la persona encargada de recuperar la imagen del Cristo del convento franciscano donde se guardaba, para evitar que se profanase en uno de los ataques citados, caminaba lentamente por la calle principal cuando tropezó en una piedra y el Cristo se le fue al suelo. Volvió el buen hombre a recogerla con sumo cuidado y la profunda veneración que se le dispensa y se le ha dispensado siempre en la comarca. Pero la imagen no debía encontrarse muy segura en esos brazos y volvió a caerse de nuevo en el mismo punto en que había caído unos minutos antes. Ni él ni quienes lo contemplaban quisieron admitir que fuera tan torpe el buen hombre encargado del piadoso traslado e interpretaron ambas caídas como un vivo deseo del Bendito Cristo. Sin duda, les estaba indicando que no quería moverse de allí porque era aquel un emplazamiento de su agrado, “rogándoles” que levantaran en ese término la ermita donde habría de cobijarse. Y los hombres, tantas veces obedientes a los mandatos de Dios, aceptaron levantar la ermita precisamente donde la venerada imagen les indicaba.








viernes, 3 de abril de 2020

BEMBIBRE

La historia de los pueblos no se debe a los aristócratas que los dominaron ni a los cronistas que la escribieron ni a los fieros soldados que los asolaron y destruyeron para poseerlos luego aunque sea con la piel abierta y las venas desbordadas por la sangre. Por eso Bembibre, capital del Bierzo Alto y pueblo singular, fuerte y vigoroso de un León variopinto y plural, no es lo que es gracias a los condes de Alba de Aliste, ni al castillo del que ya no quedan ni las ruinas, ni a esos ingleses bárbaros que lo devastaron en los primeros años del siglo XIX, ni tan siquiera a Enrique Gil y Carrasco. Pero sí gracias a su “Señor de Bembibre”, mucho más auténtico, sin duda, que don Enrique Enríquez, primer conde y poseedor legal del señorío que se extendía desde La Peña de Congosto hasta Los Altos de Brañuelas, y quien perdido en la fiebre de mil batallas llegaría, incluso, a dar muerte dentro del castillo a su encantadora esposa, entregada en sus largas ausencias a las caricias y la pasión de bercianos menos valientes pero más sensatos que él. 


Álvaro Yáñez, “que es un caballero principal a quien todo el mundo quiere y estima en el país por su nobleza y valor”, locamente enamorado de la hija del señor de Arganza, doña Beatriz Osorio “una doncella de tanta hermosura..., humilde como la tierra, y cariñosa como un ángel”, no solo resulta más creíble que el conde Enríquez sino que se ha ganado la inmortalidad porque aún vive y pasea en el corazón de enamorados sin esperanza, de soñadores antiguos, de hombres orgullosos por el único y privilegiado motivo de haber visto la luz en esta tierra bañada por el río Boeza y un sol que calienta tanto las almas como los cuerpos. Ellos son los que realmente crean y escriben día a día la historia interminable de Bembibre. Ellos, hombres y mujeres laboriosos que se han ido dejando la vida a tiras sobre los campos verdes o en las negras galerías de las que extraían un carbón que también va siendo historia, y que son quienes convierten en realidad un Cristo que veneran en su propio santuario y al que pasean en procesión multitudinaria y fervorosa durante las fiestas de septiembre para que se pueda sentir parte integrante y partícipe del pueblo. Ellos, bercianos naturales, escriben a diario la historia de Bembibre codo a codo con los portugueses, africanos, los paquistaníes y todos los inmigrantes que han acudido a esta tierra en busca del pan y han encontrado un destino y una frontera que se cruza tal vez con esfuerzo y dolor pero sin amenazas ni peligro. Bembibre es junto con el valle de Laciana donde mayor variedad de etnias y por tanto costumbres y formas de vivir y de hablar conviven o, al menos, han convivido en la última mitad del siglo XX, con tensiones pero siempre con aceptación.

La historia de Bembibre está siendo escrita por forasteros y nativos como también se la han escrito el carbón que se extrajo durante años de las minas cercanas. Y el botillo que se prepara en los hogares según la tradición y se degusta con deleite y hasta se le rinde culto con entusiasmo y el apoyo de un festival como si se tratara de un dios menor del que se tiene noticia ya en el siglo XI, cuando los monjes del monasterio de san Pedro de Montes exigían a los “vasallos” establecidos en sus dominios entregarles cada año “botellus” de su matanza. Y el tren que lleva pasando día a día ante sus puertas de forma ininterrumpida desde 1882, después de permanecer más de catorce años “detenido” en la estación de Brañuelas debido a las múltiples dificultades para vencer el puerto de Manzanal. Y las chapas.

En el bar Las Vegas, mientras tomo un café caliente que me ayude a olvidar el frío de esta mañana de invierno, un hombre de muchos años y nobles arrugas en su rostro, que también es historia y bebe vino de un vaso tosco de cristal, se cubre la cabeza con una boina negra y exhibe cerca de los ojos dos de esas líneas azules que deja como huella la mina en los rostros de los mineros, me cuenta cómo más de una noche se pasó en vela jugando a las chapas en “El Aniceto”. Y se pierde en anécdotas curiosas como la del joven minero, amigo suyo, que después de haber bebido demasiado y perder no solo la paga entera del mes que se había apostado y la moto con la que pretendía regresar a casa, propuso jugarse a su mujer. “La perdió”, me dice, “pero el muy estúpido estaba soltero y como las apuestas en el juego son sagradas, no vea la manta de hostias que le cayeron encima”.

Por ésta y otras anécdotas, las chapas son también historia de Bembibre tanto y más que pueden serlo los primitivos astures o los romanos de Interamnium o los gallegos, asturianos y mozárabes que contribuyeron a repoblarla en la Edad Media, o Alfonso IX, el gran rey leonés que ha pasado a la historia por ser el primero en convocar las primeras Cortes democráticas de la vieja Europa, y que la supo levantar de una ruina provocada por las guerras. 

La historia de Bembibre es auténtica, presente y natural porque palpita sin tregua como la propia vida y no precisa de artificios para erigirse con orgullo. La escriben los jóvenes que se olvidan de alguna clase mientras ven películas de cine en una gran pantalla de televisión o juegan a las cartas en el bar El Estudiante, igual que la escribieron los mineros de la insurrección del 34 que después de asaltar ayuntamiento e iglesia tomaron la que llegaría a ser famosa imagen del Cristo Rojo para llevarla hasta las barricadas de la plaza donde se podía leer: “Cristo Rojo, a ti te respetamos por ser de los nuestros”; o los judíos que oraban en la sinagoga de san Pedro, o los católicos que rezan en esa iglesia, y la imagen del Sagrado Corazón. Y puede que también las cigüeñas que buscan la paz en lo más alto de la espadaña, o la gracia de la lluvia que encomiendan cada siete años al Ecce Homo, o los sueños inconfesables y las ambiciones secretas, y los hombres que luchan o las mujeres que se tapan y se adornan con grandes pañuelos de colores llamativos y lucen diminutas estrellas brillantes en la nariz, o los niños traviesos que corren por el Parque Gil y Carrasco, o los de piel oscura que también juegan. 

Ellos, todos ellos son quienes lucen en la chispa de sus ojos la esperanza que hará perder a los mayores que han visto salir la vida y el dinero de unas minas ahora abandonadas, el miedo a que el futuro sea más negro sin carbón. Porque les taparán las minas pero mientras quede un proyecto, una ilusión o, simplemente, un sueño, se seguirá escribiendo la historia.











miércoles, 1 de abril de 2020

VILLAFRANCA DEL BIERZO

                                                                            

Un anciano que mira desde la nostalgia podría ver en ella los restos de un antiguo esplendor, de un pasado noble, engalanado y altivo que ha dejado sus huellas escritas igual que la vida las deja en el hombre. Un adulto la podría mirar con una mezcla confusa de orgullo y desconfianza, como observa un labrador la siembra de su huerta más valiosa pero que no ha terminado de brotar, y además teme a la tormenta. Los jóvenes simplemente miran desde ella porque saben que es una magnífica atalaya y el futuro será suyo siempre.
Villafranca del Bierzo, afortunadamente, es uno de esos lugares que teniéndolo todo (situación, riquezas, pasado y clima) para haber sido contaminada por la fiebre de expansión y falso desarrollo que surgió en la España de los 60, fue capaz de mantenerse ajena al cambio vertiginoso, a las piquetas, a los edificios altos y simples, al mal gusto y la desidia que destruyó tantos bellos rincones de nuestro país. Ese es su milagro. Los que sostienen que el pueblo va a menos porque no crece y se expande como una ciudad, pensando que eso es el progreso, no deben olvidar que ningún pueblo dispone de mejor futuro que aquel que en los años locos del presente (de todos los presentes) ha sabido impedir que se alteren, se desprecien o se violen su espíritu, sus valores auténticos, sus herencias más queridas.

Si bien es cierto que solo los afortunados o los sabios pueden elegir el esplendor para el tiempo que más les favorece. Villafranca lo consiguió. Supo recibir a los poderosos, los nobles y la Iglesia cuando despreciaban a los hombres pero se enamoraban de los pueblos. Fue corte de los señores medianeros a partir del siglo XV. El marquesado que lleva su nombre, con los Alvarez Osorio y más tarde Álvarez de Toledo al cruzar con los duques de Alba, se convertiría en uno de los más extensos y poderosos de España. Y el poder eclesiástico eligió también este rincón privilegiado del Camino donde se besan con serenidad el tiempo, la belleza, la calma, la sorpresa y un espíritu especial que desprende el aire de algunos sitios, con mucho misterio, para que solo los clérigos listos lo puedan descubrir. Ese poder se fijó en su mapa y lo llenó de iglesias, de conventos, que era como decir entonces de espiritualidad y de dominio. 

La Colegiata, en sus orígenes monasterio benedictino -segundo en importancia en la provincia tras el de Sahagún- donado a los cluniacenses por la reina Urraca de León, casada con Raimundo de Borgoña, hija de Alfonso VI y de la también borgoñona Constanza, lo que explica sus buenas relaciones con Cluny y su abad Hugo, renace como tal colegiata de canónigos en el siglo XVI, tras años de abandono y de penuria, y se mantiene independiente hasta el siglo XIX, gozando de jurisdicción sobre prácticamente todo el Bierzo y parte de Galicia. La iglesia de Santiago, la de San Fancisco, (antiguo convento franciscano del siglo XIII, cuyos monjes además de dedicarse a la oración han elaborado desde antaño sabrosos vinos), el convento de San Nicolás, el de la Divina Pastora, el de la Anunciata, el de la Concepción, el de San José. Todos ellos conservan en sus arcos, en sus pórticos, en la quietud sublime de sus piedras, nobles señales de la mejor herencia del hombre y de la historia.

Cuando la electricidad, el ferrocarril, la minería..., en el siglo XIX comienzan a acelerar el ritmo del tiempo, “la villa del Burbia” se detiene porque presiente que tanta velocidad no puede acarrearle nada bueno, y le cede a Ponferrada -a la que ya había devuelto en 1823 la capitalidad oficial del Bierzo- también la capitalidad comercial. Ella seguiría serena y altiva, con su carácter minifundista y artesano, con su sentido reflexivo de la existencia, ganando vida y personalidad en contra del “progreso”, llenando los poros de su piel de una esencia inexplicable. Si acaso se aventuran con el vino y, al igual que sucede en Corullón y Cacabelos, atrae a expertos enólogos que están consiguiendo verdaderos milagros con la mencía. En Villafranca se abrió la primera bodega de la comarca, y hoy siguen abriéndose camino caldos tan apreciados como Vega Montán, Ledo, Casar de Valdaiga o algún otro con nombre tan pretencioso como “El vino de los cónsules de Roma”, pero que van ganando cada día un merecido prestigio en las mesas de los mejores restaurantes. 

He recorrido muchas veces las calles de Villafranca y siempre encontré en ellas valores nuevos no descubiertos en ocasiones anteriores y que no se construyen ni se adquieren, permanecen sobre su piel y se han ido perfeccionando a través de los siglos para deleite del ciudadano, del turista o del viajero que al caminar por la calle del Agua, por el jardín romántico de la Alameda, por sus plazas, sobre sus puentes, por los alrededores verdes y moderadamente salvajes, no ve sino que siente el sosiego, la calma, el color de la naturaleza y la emoción del tiempo, el vértigo y un deseo exagerado de que la vida fuera siempre así (no como es sino como se percibe en esos instantes increíbles que te produce un paseo al final de la tarde por ese pueblo pletórico de magia y de embrujo). Solo un pueblo que te impulsa a sentir y de ese modo puede albergar un alma poderosa y ese es un don que las personas bien nacidas deberíamos de saber agradecer.

Sin embargo, a pesar de la prodigiosa serenidad que desprende el pueblo, lo que más me llamó la atención cuando la vi por vez primera fue su estilo para colocarse en el mundo, ese porte de desafío con que se levanta sin soberbia pero con excelencia y pompa por las faldas de unos montes repletos de viñedos y vegetación, viendo con gozo como a sus pies se unen dos ríos, el Burbia y el Valcarce, por los que siempre corrieron agua que es el sueño de los pobres, y oro que es el sueño de los desesperados. Juan Carlos Mestre, uno de sus poetas escribe en el poema “De Villafranca”: “no hay lugar para ti bajo otro cielo/ los astros te han fundado en este sitio,/ tu cárcel es la cárcel de la Historia,/ mi dolor ha nacido junto al tuyo,/ he soñado un sueño y tú soñabas/ con caballos blancos y laderas/ que bajaban desde el sol hasta los ríos,/”.

A nadie le extraña que los peregrinos que por enfermedad no fueran capaces de llegar a Compostela pudiesen ganar, precisamente en Villafranca, el jubileo ante la Puerta del Perdón de la sobria y recogida iglesia románica de Santiago, tan humilde que huye de la luz del sol y permanece siempre mirando al norte. 

Y es que Villafranca no solo es (no puede ser) historia, memorias de grandeza, del esplendor de los tiempos en que fue señorío o marquesado o provincia o capital de la propia provincia. Tiempos de orgullo y de recuerdo que le han legado esas iglesias, esos conventos, los palacios, blasones, piedras, silencio y sombras, y un castillo que se levanta como una fortaleza herida en lo más alto del pueblo. Villafranca del Bierzo es también una realidad presente, puerta (la mejor puerta que pudiera encontrarse) de una Galicia que no le da la espalda sino que coquetea con ella como únicamente se hace con una mujer hermosa y deseada, reglándole lo más beneficioso de su clima, de su paisaje e incluso lo más meloso de su acento.

En este pueblo altivo y orgulloso el tiempo, aunque a veces pudiera dar esa impresión, no se detiene, y buena muestra de ello son el éxito actual ya citado de sus vinos, su cocina y sobre todo sus fiestas. El pueblo que sabe comer, beber y divertirse es un pueblo lleno de vida y de futuro. En Villafranca se honra con festejos a los turistas, a las castañas, al Carnaval, a la poesía, a los santos y hasta a los meses. Son famosas sus “Festas do Maio” en las que se realiza un verdadero canto de provocación a la luz y los colores que trae ese mes para sacar definitivamente a los tristes de la nostalgia. Pero sobre todo, la que ha alcanzado mayor prestigio, notoriedad y belleza es, sin duda, la “Fiesta de la Poesía” que se celebra en el Jardín Romántico el último domingo de primavera y en la que los mejores poetas han dejado sus versos para ver si al contacto con tanta belleza se enriquecen.

Es difícil decir esto, pero creo sinceramente que Villafranca del Bierzo es el pueblo más bonito de León y, tal vez, de España. No es extraño que sea fuente continua de inspiración para artistas de todo tipo, algunos tan notables como el músico Cristóbal Halffter o los escritores Enrique Gil y Carrasco, Ramón Carnicer y Antonio Pereira (los tres nacidos en el pueblo y vivos en nuestra memoria siempre). Este último, con la amabilidad y la elegancia que caracterizan a los espíritus sensibles, me la definió diciendo: “Villafranca es la capital de mi Noroeste: un país que comprende la Galicia de Cunqueiro, la asturianía de Clarín, la Sanabria de San Manuel Bueno mártir y, por supuesto, el Bierzo y la Maragatería, hasta la ribera del Torío para que no se quede fuera la catedral de León...” Un pueblo sin fronteras que regala el horizonte. Generoso. Sabio. Universal. Sensible. Como el sueño de un dios. Como el alma de un poeta.









miércoles, 10 de febrero de 2016

BRAÑUELAS - TREN y TRAGEDIA



BRAÑUELAS

TÚNELES DEL TIEMPO

El ferrocarril siempre ha sido más que una vía de comunicación entre los pueblos. El tren trae y lleva esplendores y ocasos, revitaliza o deprime comarcas y se acaba convirtiendo en un símbolo para aquellos lugares donde tiene presencia.

Si en el s. XIX, la puesta en circulación de la línea Madrid-Coruña supuso el declive de un territorio leones tan entrañable como Maragatería, cuyos arrieros encontraron en el tren un competidor "desleal" para sus carromatos, de los que tiraban recios mulos y donde transportaron miles de kilos de oro y mercancías desde el siglo XVI, para pueblos como Brañuelas significaría el renacer y el impulso para una nueva vida, más próspera y más rica.

El tendido eléctrico de Palencia- La Coruña fue proyectado en 1856 y llegó a Brañuelas en 1868, deteniéndose a los pies del puerto de Manzanal durante años. En ese tiempo, Brañuelas llegaría a convertirse en una de las estaciones principales de la línea, al ser lugar de transbordo y parada obligada en el largo trayecto.

Llegaban los viajeros desde cualquier rincón de España y allí debían apearse para cubrir en diligencia el tramo hasta Torre del Bierzo, donde el tren recobraba de nuevo su camino. Pasar de Brañuelas supuso, en aquellos años de finales del XIX, una auténtica odisea. Como lo supondría salvar el desnivel de las pronunciadas pendientes del Manzanal.

Las características del ferrocarril en el que las ruedas del tren apenas acarician los raíles, ofrecen ventajas a la hora de impulsar grandes pesos con un mínimo gasto de energía pero, a cambio, deben pagar un tributo. O mejor dicho, dos: las limitaciones a la hora de utilizar el freno y, sobre todo, la dificultad para enfrentarse a grandes desniveles.

Hasta 1882, catorce años después de que llegara el tren a Brañuelas, no fue posible conectar la meseta con el Bierzo. El 1 de septiembre de 1883, el rey Alfonso XII pudo al fin realizar el viaje entre Madrid y Galicia inaugurado una nueva época en las comunicaciones de nuestro país. Pero para que eso llegara a suceder, para que la ansiada vía alcanzase sin interrupciones la ciudad de Ponferrada, se precisaron años de trabajo, ingenio y sacrificio.

La única solución viable para vencer el puerto pasaba por abrir camino a través de los escarpados montes mediante túneles, esos misteriosos lugares que tanto nos sorprenden de niños, al contar con el raro privilegio, que parece cosa de magia, de poder convertir en un solo segundo el día en la noche y viceversa.

Nada más salir de Brañuelas, el túnel 1 nos avisa de que nuestro viaje entra en otra dimensión. Y así hasta treinta más, pues esos son los túneles que comunican al resto de la provincia y a España con Ponferrada y, por extensión, con Galicia, Todos ellos han tenido sus dificultades para abrirse, su protagonismo y sus anécdotas, pero son dos los que, por motivos diferentes, han quedado grabados en la memoria popular. Uno es el túnel de El Lazo. El otro, el túnel 20 o Peñacallada.

Al primero lo han hecho famoso los avatares de su construcción y su leyenda. Al segundo, el accidente ocurrido en su interior el día 3 de enero de 1944.

Regresemos al siglo XIX. El puerto de Manzanal, que alcanza sus mayores cotas saliendo de Brañuelas, busca de súbito el valle del Boeza a través de pronunciadas pendientes. Salvar el desnivel hacia La Granja es el gran reto que se les presenta a los ingenieros. Ellos, sin embargo, enfrascados en minuciosos estudios, se muestran incapaces de ofrecer una solución de garantías. Se dice que más de uno desiste del empeño ante las dificultades que encuentran, e incluso a algún pesimista se le oye decir que el tren nunca podrá sortear esas montañas. Es entonces cuando se extienden por la zona rumores de que un humilde pastor que cuida de su rebaño por aquellos riscos, se burla de la ineptitud de los técnicos, alardeando de que él sí tiene respuestas para lo que se percibe como imposible.


Los ingenieros, desesperados por lo infructuoso de sus planes, se interesan por esos rumores a los que de puertas afuera no quieren conceder la mínima importancia. No dudan, sin embargo, en la necesidad de dar con el pastor. Muy conocido en la comarca, no resultará tarea difícil emplazarlo para un encuentro a solas.

Cuentan las leyendas que se entrevistan con él y escuchan cuanto les propone. A quienes pensaran encontrarse con un patán cuyas ocurrencias muy probablemente no les iban a producir otra respuesta que la risa, sorprende la claridad con que se expresa aquel hombre sencillo que apenas se atreve a levantar los ojos del suelo mientras habla. Cuando termina de exponer lo que parece de sentido común, todos se miran desconcertados y quien más quien menos se pregunta cómo no se les ha ocurrido reparar en la que a todas luces es la única alternativa viable.

No sabemos lo que pasó por las atormentadas mentes de los ingenieros  pero lo que se nos transmite es que deciden apropiarse del proyecto del humilde cabrero. Y la historia no termina ahí. Celosos de que pueda dejarlos en ridículo al revelar los motivos y el contenido de la conversación que han mantenido, no solo deciden arrebatarle la autoría de la brillante idea que va a solucionar de una vez por todas el gran escollo del túnel más famoso de la línea Madrid-Coruña, sino también poner fin a su vida.

Lo que había planeado el pastor pasaba por un sencillo dibujo en el que los raíles dieran un giro completo sobre sí mismos, pero a diferente altura, en una especie de gigantesco lazo.

Leyenda o realidad, lo cierto es que con los últimos días del verano de 1881, trece años después de que el tren hiciera su entrada en Brañuelas, Melitón Martín y Arranz, prestigioso ingeniero licenciado en Inglaterra y también conocido como reputado escritor, firma la obra que pone en funcionamiento el túnel de El Lazo. La Ilustración Española y Americana, la revista más importante de la segunda mitad del siglo XIX español se hace amplio eco de la noticia.

La historia del túnel número 20 es más trágica aún. Y aquí no cabe el recurso a la leyenda. Corrían los primeros días del año 1944. El correo que enlaza Madrid con La Coruña y Vigo, viaja con más vagones de los habituales para acoger al elevado número de viajeros que en fiestas navideñas van o vienen a sus casas, preferentemente en tren.

Ese expreso que lleva el número 421 grabado en la frente, llega con más de una hora de retraso a la estación de León, donde ya se le observan anomalías en los frenos. Se intentan corregir. Para mayor seguridad se le engancha incluso una segunda máquina tractor con el evocativo nombre de Mastodonte, y el convoy reemprende sin más su largo camino hacia tierras de Galicia.

En Astorga se siguen intentando corregir los fallos detectados en León y se acumula más retraso.

Cuando el tren llega a la estación de Brañuelas, ese retraso ya supera las tres horas. Pero, a pesar del tiempo perdido, las características del trayecto, llano en su mayoría, no ha presentado problemas irresolubles ni ha puesto en riesgo la seguridad. El maquinista, sin embargo, debió darse cuenta de que algo no iba bien pues, según cuentan testigos presenciales, se niega a salir de Brañuelas en esas condiciones, invoca los peligros que corren y aclara que ha de tenerse en cuenta que la parte más dificultosa del camino aún está por llegar.

Es 3 de enero, día de feria en Bembibre. En las últimas estaciones el número ya amplio de personas que viaja en el tren desborda la capacidad de los vagones. Puede que muchos hayan subido sin billete. Pero todos muestran inquietud por lo mucho que se está retrasando el viaje. Se profieren gritos exigiendo una rápida solución. Los más alborotadores incluso bajan al andén y exigen a los operarios que ordenen la inmediata salida del convoy. La situación se vuelve tensa. Los viajeros, en fechas tan señaladas, lo único que desean es llegar lo antes posible a su destino. Bajo esa presión y las órdenes tajantes de los superiores, el maquinista se siente obligado a reemprender la marcha.

En principio parece que la decisión ha sido la correcta. El viaje se desarrolla con normalidad y el tren no ofrece nuevas muestras que preocupen. Pero en La Granja de san Vicente vuelven a complicarse las cosas cuando se descubre una avería en la locomotora de refuerzo que se había acoplado en León. En esa tesitura, la alternativa que queda, si se quiere llegar antes de que caiga la noche, no ya a Galicia, sino a Bembibre, pasa por retirar la Mastodonte e iniciar lo más duro del descenso tan solo con la máquina que había presentado los primeros problemas con los frenos. Y así se hace.

Apenas se han recorrido unos quilómetros cuando la precaria situación del tren desencadena una nueva alarma. La máquina de tracción comienza a acelerar sin nada que lo justifique. El ayudante del maquinista intenta maniobras de frenado con las que no logra excesivas mejoras.

Empujada por los 12 vagones que le siguen, repletos de gente, la locomotora continúa incrementando su velocidad y se comprueba, con asombro, que el sistema de frenos no responde. Pasan el túnel de El Lazo como una exhalación. Las cosas se están poniendo realmente difíciles. Se adoptan todas las medidas de emergencia, se hacen sonar los silbatos, se intentan activar los frenos de los vagones, pero el correo continúa imparable, incrementando el ritmo de su marcha de manera vertiginosa a medida que desciende las duras rampas del Manzanal.

Mientras tanto, en Bembibre, un tren de mercancías destinado al transporte del carbón espera para salir desde dos horas antes. Pretendiendo ganar algo de tiempo se decide darle la salida con la idea de que en Torre del Bierzo se cruce con el tren de viajeros. Los ferroviarios de estas dos últimas estaciones ignoran cuanto sucede en esos montes que pueden contemplar con solo abrir los ojos. Solo algunos minutos después se les informa desde Albares que el expreso 421 circula a toda máquina y sin control. La noticia dispara el miedo y todo el mundo se moviliza. Pero la tragedia parece inevitable.

Presos de un gran nerviosismo, los asustados ferroviarios, conocedores de la adversa situación, saben que, llegados a ese extremo, lo único que pueden hacer es intentar reducir la magnitud del impacto.

Las informaciones oficiales hablan de un tren de maniobras en Torre que no habría dado tiempo a retirar de la vía. Los testigos, en cambio, sostienen que se colocó adrede la máquina de ese tren a la salida del túnel 20 a fin de que el choque -del que ya nadie duda- provocara el descarrilamiento del correo y de ese modo mitigar el desastre que se intuye de consecuencias fatales.

Sea como fuese, lo cierto es que el expreso 421, silbando, veloz como una flecha y sin control, colisiona contra "el maniobras" con una fuerza enorme y lo expulsa propulsado como un misil por la boca del túnel. El golpe entre esas dos máquinas de hierro es terrible. El accidente ya se ha consumado. Aunque los más optimistas argumentan que se ha conseguido detener el expreso que bajaba a toda máquina atestado de viajeros y conseguir que permanezca prácticamente inmóvil dentro del túnel. Pero lo peor aún está por venir.

El mercancías, que poco antes había salido de Bembibre, encuentra vía libre en Torre. Cuando alguien intenta reaccionar es demasiado tarde.

Desconociendo lo que acaba de ocurrir a escasos quilómetros, el tren con toneladas de carbón que acaba de salir de la capital del Bierzo Alto marcha a la velocidad de siempre, se acerca al fatídico túnel de Peñacallada e intenta entrar en él. Lógicamente no lo consigue. En la misma boca se encuentra con la máquina del correo, herida previamente por la maniobra efectuada desde Torre, impactan una en la otra con violencia extrema y una gran explosión provoca el incendio que se extiende desde la locomotora a las lámparas a gas que iluminan el interior del túnel, que actuará a modo de fuelle para atizar las llamas, alcanzando dimensiones pavorosas. Para colmo, los vagones que transportan a los viajeros son de madera. Atrapados entre las paredes de piedra ardiendo al rojo vivo se convertirán también en auténtica yesca.

El fuego ilumina de manera pavorosa la oscuridad del túnel, salta de vagón a vagón y en pocos minutos reduce a cenizas seis de los doce vagones. Ese incendio convierte el túnel en un auténtico infierno.

Se obliga a los ferroviarios a entrar, no con el fin de salvar alguna vida, sino con la siniestra misión de rescatar los cadáveres. Pero lo que ven, obliga a la mayoría a volver salir vomitando a causa del terrible espectáculo. Cuerpos decapitados, otros sin piernas, lo que pudieron ser niños abrazados a sus padres... El escenario que refieren quienes tuvieron la desgracia de contemplarlo de cerca resulta dantesco.

A los heridos aún se les traslada a León en los vagones que no resultaron afectados por las llamas.

Datos publicados en otros países hablan de cerca de quinientos muertos y de uno de los accidentes ferroviarios más graves ocurrido nunca, aunque aquí, el incipiente régimen franquista quiere silenciar o al menos reducir la magnitud de la tragedia y cifra en menos de cien el número de fallecidos. Y para que no queden ahí las muestras de manipulación y cobardía, la autoridades se eximen de cualquier tipo de responsabilidad, buscan un chivo expiatorio y cargan toda la culpa sobre las espaldas del maquinista y su ayudante, que precisamente se había negado a salir de Brañuelas ante el negro panorama que presentían. Los pobres hombres habían tenido la fortuna de salir ilesos del accidente de puro milagro, pero eso no les iba a privar de todo tipo de humillaciones, además de la angustia de una tragedia en la que eran las primeras víctimas.

Cuentan quienes lo pudieron ver que, sin juicio previo ni garantía alguna, se les obligó a pasear esposados tras el cortejo fúnebre que habría de recorrer en los días posteriores las calles de León, para que sufrieran el escarnio público.

Como en todo suceso de características similares, los supervivientes o los testigos hablan todavía de coincidencias trágicas que ayudan a poner rostro a la tragedia y la hacen más visible y dramática aún. Es el caso de un hombre conocido en la zona que viajaba con su esposa y sus dos hijos y, cuando ya el tren había alcanzado una velocidad de vértigo y se temía lo peor, corre con otros hombres al último vagón del convoy con el objetivo de forzar los frenos de mano. No conseguirán parar el tren, pero de ese modo sí lograrán salvar sus vidas mientras los niños y la mujer, situados en los vagones centrales que se encontraban dentro del túnel, perecían en el siniestro.

O el de los jugadores ferrolanos del equipo de fútbol de Betanzos, que regresaba de disputar su último partido de liga en Palencia. Debido a su afinidad, los de Ferrol decidieron sentarse juntos en un coche diferente del resto del equipo. El suyo fue también de los que quedaría abrasado en el incendio mientras los demás pasarían a formar parte del grupo de afortunados que salieron vivos de aquella enorme catástrofe.

Algunos años después, el túnel número 20 se destruyó, abriendo en su lugar una trinchera. Pero su recuerdo ligado a ese fatídico día 3 de enero del año 1944 permanece aún en la memoria de quienes lo vivieron y de quienes lo hemos oído contar. Como también, por motivos diferentes, permanece el del túnel de El Lazo. Y seguirán permaneciendo a través de los tiempos, aun cuando las nuevas infraestructuras del siglo XXI quieran relegarlos al olvido.







miércoles, 3 de septiembre de 2014

BRAÑUELAS



BRAÑUELAS

Mi recuerdo de Brañuelas es el de un cielo enmarañado por cientos de cables que dibujaban sobre nuestras cabezas, sobre los tejados de las casas una intrincada red, la tela de araña metálica y poderosa que parecía querer defendernos de los odios de algún dios violento o del sol que penetraba en nuestro suelo partido en mil pedazos por la fuerza ciega de los hilos. El tendido eléctrico de una de las estaciones principales de la línea Palencia-La Coruña (proyectada en 1856 y que llegó a Brañuelas en 1868 deteniéndose allí, a los pies del puerto de Manzanal durante varios años) y los alambres de los teleféricos por los que se deslizaban continuamente las vagonetas que traían el carbón de la cuenca de Tremor a través de las líneas que desde los cargues de la estación buscaban una salida fácil al mundo, eran la imagen del primer firmamento que tuvimos.

Corrían los años sesenta. Hoy la estación ha perdido su protagonismo y de las “líneas” solo quedan los esqueletos rotos y vacíos de lo que un día fueron los terminales de un viaje aéreo humilde pero eficaz, y los caballetes de “Alto Bierzo” que solos, desconectados unos de otros simulan poderosos hombres de hierro bien plantados, supervivientes testarudos de un desastre que no se resisten a abandonar el trozo de tierra donde quemaron su juventud.

Este pueblo de semblante áspero y mordaz que se levanta y esconde a la sombra de los fríos inviernos que le vienen del Manzanal muestra su piel curtida con esa severidad que dan el brezo y los matorrales pero guarda en su interior viejos secretos que los antiguos pobladores supieron aprovechar. En lo que hoy es el barrio de Mediavilla tuvo el conde Gatón una braña para que sus ganados pudieran beneficiarse de los favorables pastos que la abundante agua ferruginosa de aquella zona lograba en las praderías (este poderoso conde repoblador de buena parte del territorio leonés durante la Edad Media disponía de uno de sus palacios a tres quilómetros de aquí, en Villagatón, y debía pasar necesariamente por Brañuelas en sus viajes desde tierras del Bierzo). Años después los pastos irían animando a distintos pobladores a establecerse en ese lugar y en torno a él, por el Esterdiecho y el Fontanón donde fuentes generosas regalaban sus aguas magníficas, configurando poco a poco lo que hoy conocemos como “el pueblo”.

En los montes próximos crecen arándanos, genciana, ruda, malvas, manzanilla, menta, poleo, diente de león, morga con bolas negras que si se tiraban al río ponían tontos a los peces, sanguinaria, sauce, cola de caballa, carqueixa o el tomillo que mezclado con vino caliente, orégano y miel batidos en una vasija también caliente proporcionaba un irresistible bebedizo de gran poder seductor, emparentado muy de cerca con la ambrosía, aquella bebida propia de los dioses que tomaban los romanos para conseguir la inmortalidad.

Pero el discurrir lento, humilde y laborioso de unas gentes que decidieron extraerle la vida a un terreno difícil en medio de un clima hostil sufrió un cambio vertiginoso con la llegada de los trenes.

Los carbones extraídos en la zona de Tremor comenzaron a buscar la estación de Brañuelas desde principios del siglo XX. Me cuenta Antonio Suárez cómo gentes de Almagarinos subían las Bárcenas con un carro tirado por una cuartia que no podía más que con media tonelada hasta el alto de cueto Gallina donde completaban la carga para el descenso con el mineral que se había ido acarreando a la cima en serones de caballerías.

En los años veinte “Antracitas de Brañuelas” trazó el tendido de la primera línea de teleférico como harían más tarde “Carbonífera”, “Alto Bierzo”, “Heras y García Nieto”. Otros “cargues” más modestos, como el de Rodriguez Ollé, se instalaron en los muelles aledaños a las vías, originando un cambio revolucionario en el transporte del carbón. Ellos y el 
                                                                                                      -foto de Cristina Pedreira-
 ferrocarril fueron llenando el pueblo de vida y forasteros. Llegaban gentes de todas partes, andaluces de Motril, castellanos, gallegos como mi padre, hombres de los pueblos cercanos, Requejo, Valbuena, Villagatón y otros lugares de La Cepeda que veían en la posibilidad de un jornal el alivio para sus economías agrícolas de subsistencia.

Brañuelas se convirtió durante años en punto esencial de la línea Madrid-Coruña, nudo de transbordo y parada obligada en el trayecto. Además del transporte de antracita, la situación estratégica del pueblo al pie del puerto de Manzanal también le ayudará a jugar un papel importante en el transporte de viajeros. Llegaban estos desde cualquier rincón de España y aquí debían apearse para cubrir en diligencia el tramo hasta Torre del Bierzo donde el tren recobraba de nuevo su camino. Pasar de Brañuelas supuso en aquellos años de finales del siglo XIX una auténtica odisea. Como lo supondría salvar el desnivel hasta La Granja, lo que provocó incluso leyendas en torno a la muerte de un pastor en lugares próximos a la zona y a quien se atribuye la autoría de una ingeniosa idea: vencer la montaña formando un lazo con los raíles. Los ingenieros -celosos de su iniciativa- pudieron haberlo asesinado para atribuirse el proyecto del que iba a ser famoso túnel del Lazo. Pero leyendas aparte, la travesía del Manzanal originó sudor, lágrimas y sangre, sin tener en cuenta la tragedia del ferrocarril que figura en el libro Guiness de los récords y se produjo en el túnel 20 al estrellarse un mercancías que subía de Bembibre contra el correo abarrotado de pasajeros que pocos minutos antes había partido de la estación de Brañuelas, donde el maquinista había alegado serios reparos a seguir viaje aunque luego fuese el único condenado por el accidente. Aquellos viejos vagones de madera ardiendo dentro de los muros del túnel se convirtieron en un crematorio infernal. Estamos a 3 de enero de 1944, día de feria en Bembibre por lo que muchos vecinos de la zona viajaban en ese tren, además de gente conocida del resto de España, como el equipo de fútbol de Betanzos que regresaba de jugar en Palencia.

Con la electrificación del ferrocarril sucedió algo parecido a los tiempos de la diligencia. Brañuelas se convirtió en núcleo esencial de la línea, electrificada en dirección a Galicia pero no a León (sin tendido eléctrico hasta el año 1955), por lo que las “chocolateras” que llegaban de la meseta debían efectuar en el pueblo el cambio de máquinas. Se estableció en la estación un “cuarto de gentes” para que las brigadas de mozos de tren pudieran pasar la noche. Aunque parece ser que muchos de ellos preferían los bares (llegaron a coexistir once, incluyendo la cantina de la estación) que no cerraban. Aquellos hombres alejados de sus casas, empresarios del carbón, representantes de material para las empresas mineras, carboneros de Valladolid a bordo de sus flamantes camiones, ferroviarios de Monforte de Lemos que trajeron a Brañuelas el primer contrabando de tabaco americano y orujo gallego, se reunían en bulliciosas juergas nocturnas que se prolongaban hasta la madrugada. En el bar Herrera o Gonzalo se jugaban el dinero a la garrafina o el gilé estas gentes altivas que vivían un nuevo esplendor mientras al otro lado de las vías los obreros de “los cargues” se disputaban al tute, en la cantina de Angel Cabezas, libras de chocolate. Y los festivos, los más jóvenes bailaban en la sala de Sabino y más tarde en “El Resbalón”, hoy reconvertido en casa rural con el nombre de “Cumbres Borrascosas”, nombre literario que obedece a la condición de escritor de su dueño, Javier Pérez (premio Azorín de novela entre otros).

Tanta actividad trajo un movimiento desconocido y extraordinario al pueblo. Llegaron hombres entrañables, emprendedores, esforzados como los burreros que primero transportaron en los serones de sus burros el balasto para asentar los caballetes de las líneas en los lugares más inaccesibles de los montes y después el menudo de las empresas; personajes curiosos, extraños, vividores o simpáticos como el señor Eustaquio que trabajaba de guardabarreras, era natural de las Rozas y se ufanaba contándonos a los chiquillos cómo de chaval salía en grupos por los bosques de su pueblo a cazar conejos para Alfonso XIII. Sólo en torno a la estación llegaron a trabajar cerca de doscientos empleados. En esos tiempos también se amplió la fábrica de ovoides que perteneció a Carracedo y después a “Voltaire”. Se levantó la escuela unificada para “el pueblo” y “la estación” que hasta entonces habían vivido como dos mundos distintos y enfrentados, con cuatro aulas (dos para niñas y dos para niños) en una época en que la educación primaria solo se cursaba entre los seis y los diez años..

En las calles bullía la vida y en el corazón de todos esperanza, el sueño inalcanzable de que aquello no solo no terminaría nunca sino que sin duda debía ser la antesala de un florecimiento mayor. Pero si las vías de comunicación le dieron parte de su vida Brañuelas, ellas mismas se la quitaron.

Los tiempos comenzaron a cambiar. Los combustibles derivados del petróleo iban ganando espacio a otros recursos fósiles. Se arreglaban los despiadados caminos que conducían a la zona de Tremor y el tren perdía protagonismo en favor del transporte por carretera. Llegaban los años setenta, años de incertidumbre y cierta “locura”, pórtico de una gran crisis. El país y el mundo cambiaban a velocidad de vértigo. En Brañuelas se comenzaron a levantar las líneas de baldes. Día a día se iban suprimiendo empleos y servicios ferroviarios. El pueblo había iniciado su declive.

Muchos pobladores, sin arraigo familiar en el pueblo y, sobre todo, sin trabajo, fueron haciendo sus maletas. Recuerdo cómo los amigos nos despedían con lágrimas en los ojos y un billete en la mano que los llevarían en tren lejos de su tierra, de esa tierra que como canta Gloria Estefan, “te da en medio del alma cuando tú no estás”. Aquellas casas insuficientes para albergar a todos los vecinos, en las que varias familias compartían vivienda con derecho a cocina, se fueron quedando vacías, abandonadas, y el presente volvió a recobrar el ritmo lento de las épocas primeras.


Nadie sabe lo que deparará el futuro. Por eso, Brañuelas espera ahí, en el mismo sitio de siempre, sereno, con los pies firmes, la piel dañada por el tiempo y la frente fría pero la esperanza intacta. ¿Qué sería de los pueblos si les quitasen la esperanza?

jueves, 5 de junio de 2014

LEYENDAS

Todos los tiempos han sido propicios a la leyenda, pero en el medievo, cuando se juntaban con tanta pasión la fe, la magia, la superstición y a veces la incultura con el deseo de trascender sus propias fuerzas, ésta encontraba cualquier motivo para hacerse notar.

Curiosamente la palabra leyenda carecía en la Edad Media del sentido actual que le confiere la tradición y la inventiva. Se refería, de modo exclusivo, a las vidas de los santos leídas en los conventos. Eso sí, con cierto aire de exageración que ennobleciese la figura.

Con el espíritu posterior donde entra en juego la fantasía en toda su ambición nos hacemos eco de algunas de esas tradiciones legendarias. Nada más propio a una catedral como la de León donde casi todo es magia y lo que no es magia es fe, que las leyendas. En su momento se habla de la del Foro y Oferta, del Tributo de las Cien Doncellas. Hay otras. Pero aquí queremos referirnos a dos de las que gozan de mayor prestigio en la memoria de la gente.

LEYENDA DEL TOPO DE LA CATEDRAL

Se necesitaron años, sacrificios y maestros para completar este milagro que tanto jugó con lo imposible. Pero no solo el desafío a volúmenes y altura, a las fuerzas incontroladas de la Naturaleza, lo frágil que es su cuerpo, la sutileza de sus líneas... han supuesto obstáculos para el final feliz de la obra.
A pocos meses del comienzo de las obras en el subsuelo, en los cimientos mismos de la catedral empezaron a producirse temblores extraños y corrimientos de tierra que ponían en peligro su estructura. Los canteros trabajaban sin apenas descanso desde la salida del sol hasta el ocaso y luego se acostaban. Una mañana al levantarse pudieron comprobar que gran parte de lo construido durante el día se había desplomado por la noche. En un principio lo atribuyeron a algún fallo en la construcción, posible accidente o inclemencia. Pero según pasaban los días se iba repitiendo el desastre, retrasando considerablemente las obras, poniendo en peligro el proyecto y sin que pudieran encontrarse explicaciones lógicas a tanta ruina.

Es sabido que lo topos son animales nocturnos que excavan con sus patas profundas madrigueras bajo tierra, destrozando de ese modo las raíces de las plantas y los árboles. Los canteros, sorprendidos e impotentes ante la burla que estaba sufriendo su trabajo, empezaron a sospechar que algún animal extraño -quizá un topo gigante-, pudiera estar construyendo su guarida precisamente allí, donde antes se habían asentado las termas y los hornos que empleaban los romanos para calentar el agua de los baños, y con esa labor de sabotaje fuera el auténtico culpable de la destrucción de “las raíces” del templo como si se tratara de las de un árbol.

Se puede intuir que alguno de ellos se mostrara escéptico, pero ante el rumbo que estaban tomando los acontecimientos y desesperados, “dictaron sentencia”, seguros de la causa de sus males, y decidieron por unanimidad diseñar un plan que pusiera fin a aquella pesadilla. Idearon una trampa que tendieron al animal para cazarlo. Y ya en la primera noche, mientras el gigantesco topo excavaba una nueva gruta que hubiera supuesto otro estropicio en la obra, le dieron alcance y a palos acabaron con su vida. Muerto, secaron su piel al sol y una vez curtida decidieron colgarla en el interior de la iglesia, sobre la puerta de san Juan por la que habitualmente se accede a la catedral. Pretendían que elemento tan poco sagrado permaneciera como recuerdo y testimonio de aquel suceso que mantuvo en vilo a canteros, clérigos y al pueblo de León.

Desde que los canteros lo colgaron, allí ha permanecido siempre y permanece aún. Pero en 1996 se bajó de su lugar y fue enviado a Cataluña para que presuntos expertos despojaran de residuos y recuerdos de años el famoso pellejo del topo. Esos hombres, tal vez provistos de técnica y razón pero no de fantasía ni sensibilidad suficientes para entender la memoria colectiva y ancestral de la gentes, no solo se atrevieron a limpiar a fondo la pieza y analizarla sino que también osaron negar que perteneciera a un topo y afirmaron que quizás pertenecía al caparazón de una tortuga.

Aun después de aquello, de sus extrañas maniobras, sigue pareciendo más un topo que una tortuga. Y por si ello no fuera suficiente aseguramos que las pruebas frías de unos técnicos nunca tendrán tanto valor como la tradición de siglos y la leyenda cincelada en la memoria de un pueblo.

El topo sigue hoy en su lugar de siempre y la catedral en pie, firme, sin sobresaltos mientras el topo permanezca donde debe. Que no lo toquen ni lo molesten.

LEYENDA DE LA VIRGEN DEL DADO

La Virgen del Dado, que lógicamente no se llama así sino María como las otras Vírgenes, debe su nombre popular a una leyenda.
    En tiempos en que la portada norte de la catedral y donde se efigia la imagen de la Virgen con el Niño sobre el brazo izquierdo no estaba aún protegida por el claustro sino que se abría directamente al exterior, gentes de toda condición pasaban por la estrecha rúa que la rodeaba y también a su sombra prescindible se sentaban a matar el tiempo con el juego o con los chismes esas mismas gentes.
    Tales circunstancias han dado pie a que se nos cuenten dos versiones distintas de una misma historia. Una versión dice que un jugador, después de haber perdido su dinero en una partida de dados celebrada en otro lugar de la ciudad, regresaba cabizbajo y enfurecido por la derrota camino de su casa. Debía ser más de media noche. Cabe imaginar aquella miserable calleja medieval solitaria y oscura. El jugador, al pasar ante la imagen de la Virgen elevó la vista hacia la puerta del templo como si buscara una respuesta tranquilizadora y al ver los ojos de su propia conciencia en aquellos ojos serenos de piedra que lo estaban contemplando, sufrió tal acceso de ira que después de blasfemar y con toda la fuerza posible lanzó uno de los dados causantes de su desgracia de modo que fue a estrellarse en el rostro del Niño que descansa en el brazo de su madre. Sonó el impacto y al instante se abrió una herida en la frente de ese niño y por ella empezó a fluir la sangre. El infeliz, al contemplar atónito lo que sin duda consideraba un milagro, se asustó, se puso de rodillas y pidió perdón por su injuria.
    A la mañana siguiente contó asustado a sus amigos y familiares cómo la Virgen, comprobando su sincero arrepentimiento, no solo quiso otorgarle su clemencia sino también el sueño fallido de todo jugador tras perder una partida: asumir el máximo riesgo en un nuevo envite con el fin de recuperar anteriores apuestas y luego abandonar el juego para siempre.
    El afortunado jugador que nos ocupa parece ser que regresó sobre sus propios pasos, llegó a la mesa donde los vencedores disfrutaban de sus ganancias y los retó a una última mano, recuperando en una sola jugada todo su dinero. Merced que atribuyó a su arrepentimiento y al “auxilio” de la Virgen que desde entonces es conocida como Virgen del Dado.
    La otra versión nos cuenta que cuatro jugadores disputaban su fortuna apaciblemente sentados ante ese portal norte de la catedral, que uno de ellos desesperado tras perder... El resto ya se sabe. La historia a partir de aquí, coincide con lo dicho anteriormente.
    Esta segunda versión es la que Nicolás Francés quiso inmortalizar en su dibujo para la vidriera que precisamente ante los mismos ojos del Niño y de la Virgen del Dado comunica con el claustro.







martes, 3 de junio de 2014

LAS VIDRIERAS

Si algo puede convertir en sublime a una catedral -ya de por sí grandiosa como la de León-, ese algo es las vidrieras. En ellas la luz, ambición del hombre y de los dioses por ser eternos y brillar siempre como el sol y como él ser fuente inagotable de vida se transforma en realidad y magia.

Todos los símbolos, todos los sueños encuentran amparo en esa fuerza capaz de confundir nuestros sentidos. “Aunque entré dentro de la iglesia, yo cierto que pensé que aún no había entrado, sino que todavía estaba en la plaza, y es que como la iglesia está vidriada...”, dice la Pícara Justina después de visitar el templo. Cielo y mundo se aúnan, crean el color y, transparentes, penetran en las capillas o las naves adaptados a la hora del día, época del año y ánimo de las gentes. Por eso la variedad cromática es tan amplia como puedan serlo los ojos y la sensibilidad que las contemplan. Las vidrieras buscan transmitirnos la belleza y una fe que durante siglos ha perdurado y aún perdura en el corazón de seres de toda edad y condición, pero también crear un ambiente místico propicio para el reencuentro de esa fe en un lugar sagrado. Son, por tanto, medio y fin, símbolo y soplo que prepara el ánimo de los fieles para recibir la verdad de su Dios.

En la catedral de León mil ochocientos metros cuadrados de cristal reemplazan los muros y desafían la fuerza de la gravedad e incluso de la razón (eso pretenden). En ninguna otra catedral del mundo las vidrieras encuentran un protagonismo tan amplio, tan sublime... Acaso en Chartres...

La vidriera gótica nace en España de la inspiración francesa, decisiva durante el siglo XIII en toda Europa, donde se introduce de la mano del nuevo estilo que pretendiendo ensalzar hasta el éxtasis el espacio interior necesitaba la magia de la luz y los colores para alcanzar sus objetivos. Tal vez por ello encuentre en esta obra -tan fiel al espíritu que venía de Francia- el ejemplo más claro de aquel sueño.

Aquí se establecieron talleres, se instalaron maestros y se fue aprendiendo un arte que no solo pretendía jugar con la luz o convertir lo material en incorpóreo, sino también competir con la escultura y la pintura. La vidriera medieval adopta formas simples y colores fuertes y logra así una plasticidad muy bella. Artistas posteriores de estilos diferentes buscarán el duende de su genio en esos colores y esas formas que alcanzan la máxima expresión en algunos de los mejores cuadros de Paul Gauguin.
Las primeras vidrieras de la catedral de León se remontan a sus inicios en la segunda mitad del siglo XIII bajo el impulso del obispo Martín Fernández y su rey protector Alfonso X, inmortalizados ambos también en los cristales. Se encendía así la llama de un fuego que no ha cesado aún. Hasta el siglo XVII siguieron condensando épocas y estilos, flexibles a las modas pero fieles al espíritu que trasciende su materia. A finales del XIX, cuando se encuentran en su estado más crítico, Juan Bautista Lázaro, auxiliado por pintores como Marcelino Santamaría que le ayudan a recobrar el espíritu antiguo, las salva con un ambicioso programa de restauración en el que, sin embargo, no se privó de dejar su impronta, cuestionada por algunos. Y también ahora, desde los últimos años del siglo XX, se ha emprendido una nueva labor que quería, y tal vez quiere, dotarlas de la larga vida que estamos obligados a otorgarles. Bajo la dirección del vidriero leonés García Zurdo y coordinada por Angeles Robles, con el asesoramiento de una comisión europea de expertos, la ayuda económica de instituciones y el buen hacer del taller de vidrieros de la catedral empezó a caminar lentamente pero con constancia. Una tarea precisa que, sin embargo, y a pesar de esa buena voluntad primera se encuentra a veces con serias dificultades que amenazan la valiosísima herencia.

La historia de la vidriera de los siete últimos siglos ha escrito (escribe) aquí, en los vitrales leoneses, un capítulo imprescindible, necesario, al que solo le sobran esas páginas que intentaron entonces y hoy intentan proyectar sombras donde únicamente debe reinar la LUZ.

Tres rosetones, multitud de rosas y ventanales conforman esta sinfonía de luz y color que estalla en las paredes. Al sur, al norte y al oeste se abren los tres grandes rosetones. Cuando el último, de casi ocho metros de diámetro, recibe el sol en las horas de la tarde e incendia los vestidos de los ángeles que tocan sus trompetas en torno a una Virgen con el Niño y se proyecta sobre la puerta de cristal del trascoro para coronar con su reflejo la capilla mayor, nuestros sentidos se confunden aún más, si ello es posible, y entonces la magia es absoluta. Resultan increíbles los prodigios que estos cristales coloreados pueden provocar y así también las sensaciones en nosotros.

En las naves bajas son diez las vidrieras con cuatro huecos cada una y sobre ellas tres rosas lobuladas. El azul, el rojo, el amarillo y el verde se rozan y se mezclan con intensidad en una recreación más vegetal que humana aunque en las rosas podemos ver cuerpos o rostros de mujeres que representan virtudes, vicios (la ira, la pereza, la lujuria, la gula..., todos femeninos), artes y trabajos de aquel tiempo, en definitiva, escenas llenas de vida y colorido. Es la naturaleza, sin embargo, quien nos asombra con la sencillez de largas ramas y hojas típicas de los árboles de nuestros montes que les nacen y se elevan, se abren, se besan os e comban en actitud tan simple como una puesta de sol o la cascada de un río. Nos maravillan. Son naturales y divinas a la vez. No se marchitan nunca. Lejos del bosque tienen su fuerza. Diminutas cabezas de bestias, de bichas, asoman entre la espesura.

El triforio, espacio decisivo en la consecución de luminosidad, lo recorren setenta y cuatro ventanales cegados hasta el siglo XIX, por lo que sus vidrieras son de entonces. Las correspondientes al presbiterio las ocupan santos y el resto rinden culto a nobles, benefactores, clérigos y casas importantes con un despliegue de escudos que portaron reyes, aristócratas y obispos. De tamaño reducido y evidente modestia no se ocultan tras la fina elegancia de los arcos que recorren la galería sino que, generosos, le conceden a estos el privilegio de ennoblecer su luz para que así resulte el conjunto excelente.

Doce metros de altura miden los treinta y un ventanales que iluminan la parte más elevada de la iglesia. A ella corresponde el mayor protagonismo pero han de compartir la glria. Profetas, reyes, apóstoles, evangelistas y santos se encumbran a los vidrios y allí permanecen regalando a través de sus vestidos, sus coronas, sus rostros serenos, sus instrumentos o caballos, el festival de color que acerca la alegría del paraíso a los hombres de la tierra. Los personajes principales se sitúan en la parte superior y en la inferior los secundarios. Cuatro huecos que se reducen a tres y dos en el presbiterio configuran estas inmensas ventanas, aún ampliadas cuando cuatro, a dos finas bandas laterales que ascienden hasta confluir en las rosas con el auxilio de pequeños triángulos irregulares para otorgar a las vidrieras la armonía del arco apuntado al que se integran.

Como es tradicional en el arte gótico, el lado norte, aquel que no recibe la luz del sol, también se reserva en las vidrieras para personajes del Antiguo Testamento. Pertenecen la mayoría de esta zona al siglo XIV y su discreción es tan valiosa como el lucimiento de otras más brillantes. La colocación de las figuras y los símbolos no es caprichosa sino que obedece a un programa iconográfico trazado según los deseos medievales y el espíritu de aquella Iglesia. Pero no se trata de idnetificar a santos, apóstoles, reyes y clérigos conocidos en todas las imágenes, cuando alguna de ellas tal vez tan solo sea el rostro anónimo de algún prohombre de la época inmortalizado como modelo o tributo a su generosidad. Además no importa tanto su imagen auténtica como la gracia de acercarnos una luz divina.

Todas las vidrieras altas cumplen su función y tienen su belleza, pero por motivos diversos alguna acaparan un protagonismo especial. Por ejemplo, la del árbol de Jesé o la de La Cacería. La primera, que recoge el mítico tema de las escrituras sagradas sobre el origen de Cristo, no es casualidad que se encuentre en el lugar más oriental, el primero que recibe la luz del sol cuando amanece. De finales del siglo XIII, es de las más antiguas y aunque no siempre estuvo en el centro del ábside, ese emplazamiento le conviene. Sus figuras son pequeñas como es querido por las zonas bajas, pero su significación grandiosa. En lugar de un tronco es una rama la que se eleva sobre fondo azul para confirmar la naturaleza humana de Jesús. No es una ascensión huidiza sino armónica. En lo más alto, la rosa corona la escena acogiendo en su interior un Pantocrator salvador del mundo y poderoso Dios. Todo es tan sublime como demanda la fe.

Sobre al vidriera de La Cacería han corrido ríos de tinta alabando su hermosura y tratando de explicar su origen y su significado. Algunos autores le atribuyen un origen profano, tanto por el tema como por la procedencia. Sostienen estos que habría sido hecha para el palacio real de doña Berenguela, destruido en el siglo XIV, y que solo a partir de entonces pasó a la catedral. Para ellos el rey que preside la escena principal se trata, sin duda, de Alfonso X y los hombres a caballo, los perros que los siguen, el halcón o el águila que acompañan a los caballeros, la liebre, el halconero... e incluso el mono montado en un camello son personajes de una cacería.

Para otros, sin embargo, ni la obra es profana ni procede de ningún palacio. Estos dicen que vidrieras con temas parecidos figuran en otras catedrales del siglo XIII como la de Chartres. Apoyan su teoría en que el emperador central no es Alfonso X, sino Carlomagno a caballo y con la corona de espinas de Jesucristo que en sueños le entregó Constantino, y los ángeles músicos y las representaciones de las artes y las ciencias harían alusión a su interés por tales temas, así como su afición por la caza justificaría las escenas que la evocan. Idealizado por entonces, héroe de los primeros cantares de gesta franceses y santo, su presencia era muy grata a la cristiandad del siglo XIII.

Estas versiones y las controversias que provocan otorgan más fama a la vidriera de La Cacería, aunque ella no la necesite. Le basta su belleza, la fuerza intensa de su color, la resistencia tenaz al paso de los años (es de las vidrieras más antiguas) y la multitud de figuras y evocaciones que la vitalizan aún en ausencia de la luz del sol. Situada en el ventanal quinto del lado norte en la parte alta, también se discute su ubicación por el tamaño de las imágenes al lado de hieráticas figuras más grandes y más claras. Pero ella sigue ajena a todo, proporcionando más contraste que inconveniencia a su serie, tanto enigma como claridad, prestigio y gozo a quien la contempla. Íntima, densa y feliz, la dominan tonos azul y rojo, los colores del cielo y de la sangre. Si es dueña de su destino también es dueña de su misterio. Tan solo se supone que Pedro Guillelmo pudo participar en su diseño y configuración. Pues tampoco la fecha de su origen está clara. Mientras unos apuntan al siglo XII, otros aseguran que pertenece a la centuria siguiente.

La catedral se inició por las capillas de la girola y sus vidrieras fueron las primeras en colocarse, allá por los últimos años del siglo XIII, tan citado, tan ambicioso para la iglesia y tan espléndido. Algunos de los vidrios más antiguos, situados ahora en otras partes, pueden proceder de aquí.

En esas vidrieras se recogen figuras pequeñas como corresponde a la serie baja y su objetivo es representar escenas de la vida de Jesús, de la Virgen y de los santos a cuya memoria estaba dedicadas las capillas.

Por ser más viejas que ninguna otra han sufrido más los estragos del tiempo, los elementos y los hombres. Se conservan de las originales solo escenas parciales, restos de vidrios que se han aprovechado en la nueva configuración que le han dado las sucesivas restauraciones, en la propia girola y en otros lugares, como ya se ha dicho.

Su espíritu particular, su aroma, su carácter imprimen a las capillas una personalidad determinada que sin ella sería de otra forma. Dentro del estilo gótico que las domina, en la de la Virgen Blanca el naturalismo y la libertad renacentistas se adueñan del color para hacerse más humanas y más libres. Pero todas son íntimas y serenas como la luz tenue.
Fuera del recinto interno de la catedral merecen nuestra atención las cuatro vidrieras de la capilla del Santísimo o Santiago o Virgen del Camino, antigua Librería. Realizadas por Diego de Santillana en los primeros años del siglo XVI también gozan de influencias flamencas y del Renacimiento. Severos prelados, evangelistas, santas y santos exhiben sus mejores atuendos y una solemnidad grandiosa que no palidece nunca.
Y sobre la puerta que da acceso al claustro, la vidriera de la Virgen del Dado adaptándose dúctil al espacio que le conceden representa a María con su hijo sobre el brazo izquierdo, amparados ambos por un doselete gótico, a un obispo que pudiera ser Cabeza de Vaca y a cuatro hombres que juegan a los dados: uno los tira, otro observa y los otros dos se pelean. Los vidrios han perdido nitidez y su colorido es débil pero fuerte la tradición que representa. Fue realizada en 1454 por el maestro Anequín siguiendo el modelo de los cartones de Nicolás Francés.

Nicolás Francés, tan identificado con esta iglesia como se ve, no solo dejó muestras de su genialidad en el retablo mayor, en frescos y pinturas sino también en las vidrieras para las que realizó varios cartones, dibujados con su maestría, completos los colores y las formas. Algo que parece obvio pero no siempre era así, pues en la restauración del XIX Juan Bautista Lázaro pudo descubrir cómo algunos vidrieros medievales para ahorrar tiempo y pintura utilizaban unos simples signos que situados en cada parte del cartón indicaban el color que correspondía a tal o cual espacio. Así el signo V representaba al amarillo, X al rojo, L al azul...

   Además de Nicolás Francés y Anequín, citados en las últimas líneas, o Diego de Santillana también citado, se tiene constancia de otros artistas y vidrieros que dejaron la impronta de su sueño en la luz y el color de estos cristales. Entre los primeros en llegar durante la dirección del arquitecto Juan Pérez, se cita a Fernán Arnol, Adam y Pedro Guillelmo. Ya en el siglo XV a Juan de Arquer, Valdovín, otro Juan y Gonzalo de Escalante. Un siglo después a Rodrigo de Herreras, autor de la Natividad en la capilla de la Virgen Blanca. Ellos, los actuales, los restauradores Lázaro y Torbado, todos importan por su pericia y por su ingenio pero sobre todo por la función de transmisores entre una ambición de locos y el delirio que hoy nos maravilla, apóstoles de una fe que quiso bajar el paraíso a las naves de una catedral y lo ha logrado.