lunes, 10 de mayo de 2021

 LA BAÑEZA


La Bañeza igual que Astorga ha sido y es -a pesar de la muerte del tren de la Ruta de la Plata, acaecida en 1983 después de casi cien años de vida- un importante nudo de comunicaciones en el que se entrelazan los caminos que conducen a Galicia y a Madrid, al resto de León y por Sanabria a Portugal. Y también, como la capital maragata con la que siempre ha mantenido una noble rivalidad incluso en el arte, contratando maestros arquitectos que habían trabajado en importantes obras de Astorga para que dejaran sobre su piel las huellas de sus dedos, guarda en sus piedras, en su origen y en su memoria el recuerdo de antecedentes astures y romanos.


Los beduinos o bedunenses, tribu de los astures, fueron los primeros pobladores de este lugar al que decidieron dar el nombre de Bedunia en un punto próximo al que hoy ocupa San Martín de Torres. Integrado en el que se denomina Conventus asturiciensis con capital en la vecina Asturica Augusta, tras años de abandono y despoblamiento, parece ser que fue el conde Gatón quien avanzando con sus tropas desde tierras bercianas en su tarea repobladora, decidió volver a situarla en el mapa, allá por el siglo IX. Un siglo después adquiría el nombre de Vanieza que por diferentes modificaciones lingüísticas daría en la actual La Bañeza, aunque hay quien busca el origen de su nombre en Bani Eiza, un asentamiento primitivo ocupado por mozárabes cordobeses durante la Alta Edad Media. 

Sea como fuere, lo cierto es que La Bañeza hoy es un nombre que identifica a un pueblo comercial, laborioso, divertido y abierto, convertido en ciudad por Real Orden del año 1895 bajo el reinado de Alfonso XIII, y centro de una comarca que gracias en gran mediada los regadíos y las aguas que les llegan del Órbigo, el Tuerto, el Duerna y el Eria ha conocido épocas de merecido esplendor. Mucho antes, otro rey, Alfonso VIII, le había concedido ya el título de muy leal después de la Batalla de las Navas de Tolosa en la que algún o algunos bañezanos ilustres y guerreros colaboraron con encomiable entrega a la derrota de los almohades. Y en 1556 uno de los herederos de la Casa de Zúñiga recibió el marquesado de La Bañeza. 

Como se ve, acumula este pueblo leonés años, tradiciones e historia. Ambicionado por astures, godos y romanos, recibiendo los ataques de moros y franceses, nunca se ha permitido desfallecer. A sus puertas se cuenta que recibió Napoleón el último día del año 1808 la noticia de que el emperador de Austria había roto las hostilidades. Iba camino de Astorga persiguiendo a los bárbaros ingleses del general Moore y decidió regresar de inmediato a Francia, lo que pudo cambiar de manera notable el curso de la guerra de la Independencia.


Esos y otros sucesos similares han hecho de La Bañeza un pueblo singular y diverso, a veces emprendedor, a veces inmóvil, pero siempre diferente, pues si todos los pueblos tienen dos caras como la luna, La Bañeza además tiene dos almas. El alma recatada y sobria que pasea las mañanas soleadas de domingo bajo los soportales de la Plaza Mayor, juega en las primeras horas de la tarde al tute en el café Pasaje, en el Círculo, en el Casino o en el Isla, cultiva legumbres y remolacha en ese campo generoso bañado por el Órbigo y sus afluentes que ya citamos, y puede rezar o deleitarse contemplando la iglesia de Santa María (que nos sitúa en el centro del casco urbano y se encarga desde el siglo XVI de la imagen más identificativa del pueblo), la de San Salvador (la más antigua, erigida en la zona alta, a las afueras, nos ofrece detalles románicos, platerescos o barrocos como rasgos distintivos de su prolongada existencia, y se ampara en una torre majestuosa e imponente que pretende defenderla de los avatares de los tiempos), la capilla de Jesús o la iglesia de la Piedad. Perdón, ésta ya no. Desde hace algunos años, este templo que perteneció a la Cofradía de Clérigos de la Piedad desde el siglo XVI -llena por tanto de tradición e historia viva- ya no es más que un montón de escombros gracias a la desidia de unas administraciones que muy pocas veces saben situarse a la altura de los pueblos que los consienten.


Tal vez también para olvidar afrentas semejantes, dispone La Bañeza de esa alma alegre, festiva y transgresora con que celebra sus fiestas y, de manera muy especial, unos Carnavales llenos de vida, de color, de ingenio y de belleza. Hay que remontarse a épocas medievales para encontrarles un origen lejano en los teatros y comedias que organizaban las cofradías religiosas, de donde surgió el Carnaval “como un rebrote o mimo más popular y callejero del teatro” según escribe Albano García Abad en “La Bañeza y su historia”.


En los años duros y difíciles, mientras los Carnavales estaban prohibidos en el resto de España, los bañezanos los seguían celebrando con jolgorio, alegría, colorido y una auténtica explosión que contagia las ganas de vivir. Carnavales que en la provincia de León son todo un símbolo y una verdadera fiesta llena de disfraces imaginativos y originales que recrean grupos travestidos de príncipes y princesas, de flores, de payasos, de chulos, de todo aquello que el talento de las gentes ha conseguido idear con sumo secreto a lo largo de todo el año. Cuando lo indica el calendario, las calles se llenan de charangas y comparsas alegres y ruidosas, acompañadas por todos los vecinos y los forasteros más divertidos. En resumen, de vida. Celebran un “entierro de la sardina” como un rito tan sagrado como lúdico. Se divierten y divierten. Esa es la alma festiva que siempre se ha preocupado de crear lugares agradables para el ocio, el deleite y el baile, como la Sociedad Nuevo Casino que funciona desde finales del siglo XIX, o el Círculo Mercantil o la Sociedad Recreativa Bañezana, y en el último cuarto del siglo XX las modernas discotecas en las que la mayoría de los jóvenes leoneses de entonces hemos bailado alguna vez.

La Bañeza es, además, una ciudad abierta y cosmopolita que no admite complejos en sus fiestas y por eso no rechaza en ellas al extraño. Abre sus cuatro costados por carreteras y por ríos a través de los cuales no sólo entran la gente o el agua sino también la vida y un aire especial que se respira cuando se trata de beber, de comer o de cantar, o sea, de gratificar el cuerpo, a esa parte más festiva del alma. La Bañeza siempre ha contado con un número importante de restaurantes, bares, hoteles, pensiones y confiterías. Allí se pueden degustar las exquisitas ancas de rana que en pocos lugares más del país se encuentran. Y los mejores dulces. 


Aunque hay quien piensa que la instalación en su término de la “Azucarera” en la segundo década del siglo XX propició la aparición de los sabrosos productos que precisan del azúcar como los campos de la lluvia, lo cierto es que ya desde el siglo XIX venía funcionando con éxito la confitería Conrado, donde hoy se pueden adquirir los roscones de Reyes “más generosos” y famosos de España. O “La Dulce Alianza”, en la que los imperiales comenzaron a ganar merecida fama más o menos por la misma época y en un curioso cartel publicitario de entonces presume de sus “mantecados, bizcochos, chocolates elaborados a brazo” y de haber sido premiados en París en el año 1900. En ellas y otros establecimientos más modernos pueden hoy satisfacerse con agrado los paladares más exigentes.





sábado, 24 de abril de 2021

 

PONFERRADA

Ponferrada es una ciudad casi sagrada, tocada por los espíritus de los dioses y los embajadores encargados de descifrar sus misterios. Fue un obispo quien unió sus dos partes rotas de forma cruenta por un río (el Sil) al mandar construir un puente de hierro que le concedería además de unidad y cohesión, un nombre. A ese obispo (Osmundo) se le ha erigido una escultura en la glorieta de Correos acompañando a su rey Alfonso VI, el gran benefactor del Camino de Santiago y como consecuencia impulsor decisivo en el surgimiento de esta población allá por el siglo XII.


Desde entonces no le han faltado a Ponferrada personajes, leyendas ni organizaciones interesadas en participar de su historia. Perteneció en sus orígenes al Temple, la orden militar que se encargaba de proteger a los peregrinos que viajaban a tierra santa y a quien le entregó su dominio el monarca leonés Fernando II con el mandato de que la repoblaran y protegieran también a los peregrinos que se dirigían a la tumba del apóstol Santiago en Compostela. Aunque además de con guerreros contaban con miembros no militarizados que se encargaban de menesteres relacionados con las mercaderías y el dinero, no menos rentables. Aquellos caballeros ataviados con hábito blanco y cruz roja sobre el pecho restauraron el castillo (símbolo de la ciudad) que se levanta sobre un altozano que algunos identifican con un castro celta, para convertirlo en su morada. Y su impronta nos llega a los días de hoy en numerosas manifestaciones, celebraciones y recuerdos. A los Reyes Católicos (con tanto carácter místico como terrenal) correspondió incorporarla a la corona. Y hablando de vírgenes, que tanto gustan a los pueblos, se dice que la “suya” la encontraron los templarios en un tronco de encina, aunque hay quien le busca un origen más remoto varios siglos antes en Jerusalén, y los técnicos tratan de desbaratar ambas versiones atribuyéndole un origen más reciente. Hija de la leyenda y los misterios, no quedaba otro remedio que convertirla en patrona del Bierzo. En su honor se celebran fiestas el 8 de septiembre y su imagen se custodia en la basílica ponferradina de su mismo nombre.


Antes -mucho antes- Ponferrada no era más que un inmenso bosque de encinas, esos árboles de copas tan frondosas que apenas permiten ver el tronco y transforman el espacio en que se asientan en una selva mágica y misteriosa que nadie se atrevería a profanar. No en vano la encina era el árbol sagrado de Zeus y los sacerdotes emitían los oráculos interpretando el ruido del viento en su follaje. Y para los celtas -que anduvieron cerca de aquí también era un árbol divino, hasta el extremo de que los druidas residían siempre en bosques de encinas y si en el tronco había muérdago creían que eso revelaba la presencia del dios supremo.


La magia y el misterio siempre han ayudado a los hombres aunque a veces sea contra otros hombres. Pero Ponferrada dejó pasar el tiempo sin inmutarse demasiado para que éste jugara a su favor y cuando consideró que la situación le era favorable dio un paso decidido hacia el futuro.


Ahora Ponferrada es una ciudad nueva y vertiginosa que ha sabido subir por la pendiente de este último siglo con la celeridad de un rayo. En el siglo XVIII -ayer como quien dice- no era más que una pequeña villa sin la menor importancia. Fue a finales del siglo XIX y en los primeros años del XX cuando con la inauguración del ferrocarril de Galicia y más tarde con la explotación de las cuencas carboníferas y la puesta en marcha de la línea férrea a Villablino para el transporte del carbón se convierte de pronto en un importante centro ferroviario y minero. 


Algunos años después, en la década de los cincuenta, la ciudad va a conocer un esplendor aún más intenso que llenará de vida calles, plazas, casas nobles y tugurios. En poco más de diez años (de 1940 a 1950) el municipio prácticamente duplica el número de habitantes. Comienzan a explotarse entonces los yacimientos de wolframio a los que Raúl Guerra Garrido -con hondas raíces bercianas- dedica una interesante recreación en su novela “El año del wolfran”. Se descubre una de las reservas más importantes de hierro del país explotadas bajo la dirección de Coto Wagner. También se inicia la construcción del pantano de Bárcena, lo que supuso que un número importante de obreros y técnicos llegaran a la ciudad (como fue el caso de Juan Benet, que aunque no llegó precisamente para escribir sobre la belleza de esta tierra, seguro que se ha llevado con él al otro mundo un recuerdo imborrable) quedándose muchos de ellos definitivamente en Ponferrada. Pero sobre todo el hecho más trascendente para el despegue definitivo de la ciudad lo supuso la instalación de la Central Térmica que colocaría a la provincia leonesa en el sexto puesto en la producción de energía.


Tantas iniciativas de progreso y tanto desarrollo económico se iban a notar en la ciudad, y ejercieron su influencia de una forma también vertiginosa y espontánea. La gente trabajaba por el día y trataba de divertirse por la noche. Se abrieron locales para el negocio y la diversión. Las monedas corrían por los mostradores, repicaban sobre el mármol de las mesas y chasqueaban entre los dedos de los chulos, los alegres y todos lo que después de media noche se habían dejado embriagar por una cocina fuerte con olor a caldos y a botillo y un alcohol tan puro que les permitía llegar despiertos hasta la mañana siguiente y acudir al trabajo si era preciso sin tener que descansar. La calle respiraba los alientos de una vida muy bulliciosa. Como escribe el escritor ponferradino César Gavela en la premiada novela “El puente de hierro”, “mercaderes, ferroviarios, clérigos, ancianos de fantasía. Almacenistas, torturadores, hombres de ambición. Mujeres vertiginosas, libres y arrojadas. Amores inocentes o mercenarios, cárceles y conventos...”, convierten a Ponferrada en una de las ciudades más activas y dinámicas en el ecuador del siglo XX, en “la ciudad del dólar”. En el Edesa, en el Caballero, en La Obrera, se hablaba, se bebía y se jugaban el sueldo los empleados de tantas industrias y negocios. En el Casa Blanca se confundía la noche con el deseo. Y en burdeles como El Bosque o El Chigrín se buscaban aquellas mujeres listas y maternales que guardaban en las yemas de sus dedos y en el estremecimiento pícaro de su piel el secreto intransferible de una antigua pasión. 


Nadie veía entonces que tanta fiesta, tanto trabajo y tanto “chollo” pudieran acabarse algún día. No solo los optimistas o los voluntariosos sino hasta los organismos oficiales esperaban un progreso constante y apostaban por un desarrollo económico sin límites que se vería notablemente impulsado por la implantación de “altos hornos” que ya se proyectaban, con la repercusión que ello tendría en las demás industrias, en el comercio y en la vida de la ciudad.


La realidad no confirmó precisamente las expectativas creadas. Pero tal vez tampoco importa. Nadie va a lamentarse ahora por eso. Una ciudad que ha gozado de un instante de gloria puede seducir a cualquiera. Ponferrada lo vivió. Y no en tiempos inmemoriales, sino ayer mismo, cuando ya se habían consolidado definitivamente sus dos barrios (el de la Encina y el de la Puebla) como dos núcleos distintos o como las dos caras de una misma moneda. El barrio de una ciudad vieja en la que se ubican el castillo, el consistorio, la basílica de su patrona, las callejuelas estrechas típicas y antiguas que recuerdan otros tiempos, el museo del Bierzo en la calle del Reloj, o el museo de la radio, iniciativa de Luis del Olmo, el popular locutor a quien la ciudad ha distinguido con una plaza por los encendidos elogios y las atenciones que siempre le ha dedicado. Y el barrio nuevo con sus avenidas amplias y rectas donde se asientan el comercio, hoteles como el Temple, el Bérgidum, el Ponferrada Plaza o el Madrid (que ya vivió la época dorada), las cafeterías y los locales nocturnos de más ambiente, como el Bellas Artes un bar con buena música y un nombre atractivo en el que los más “progres” del lugar entretienen con alcohol a los demonios que interfieren con el sueño. También este barrio dispone de su museo, El Museo del Ferrocarril, ubicado en la antigua estación de la M.S.P. (Minero siderúrgica de Ponferrada).


Mientras tanto, el pueblo, como casi todos los pueblos en este final de siglo, vive un momento de confusión, de inmensa duda, rodeado de lugares hermosos como Peñalba de Santiago, Compludo (con su herrería), Toral de Merayo, Molinaseca... y bajo la atenta mirada de los montes Aquilanos. Los jóvenes buscan proyectos nuevos para el futuro y los más viejos recuerdan con orgullo un pasado que les ennoblece la nostalgia. Se peatonalizan calles, se abren nuevas plazas y avenidas, se siembran sueños y a veces se recogen tempestades. Pero la verdad total (la que incluye realidades e ilusiones) no encontrará un sitio en Ponferrada porque ya no quedan bosques de encinas ni sacerdotes sabios que puedan interpretarla por el ruido que hacía el viento en su follaje.










miércoles, 14 de abril de 2021

 MOLINASECA



Un pueblo no es nada sin sus gentes y éstas no son otra cosa que el fruto de esa tierra igual que lo pudieran ser el trigo, la uva o las cerezas. “Las frutas de Molinaseca se distinguen por su riquísimo sabor”, me dice con más entusiasmo que orgullo don Daniel, el maestro de siempre de Molina. Por eso a mí me ha gustado ver este pueblo cálido y entrañable reposando con el gesto humilde y suficiente de un sabio tranquilo a la sombra de montes serenos como El Soto, el Castro, Las Cembas o La Escrita, que lo cobijan en una especie de protección maternal que él ha sabido aprovechar y agradecer a través de los ojos de esas gentes que lo habitan. De esas mujeres cordiales que a la puerta de unas casas bellísimas de piedra rodada, tejados de pizarra y corredores de madera rebosantes de geranios, se entretienen pelando almendras para elaborar los dulces de los días de fiestas que celebran en Agosto en honor del Agua y de san Roque, y que te las ofrecen como quien ofrece algo de sí mismo, una caricia, una sonrisa o una gota de la propia sangre. A los ojos de don Daniel que, a la sombra del verano, me habla con nostalgia de los tiempos en que él tenía 60 niños en la escuela, el pueblo rebosaba actividad con 50 parejas de bueyes, más de 30 rebaños de ovejas que disfrutaban de las muchas y buenas praderías y de las fiestas citadas, unas fiestas pletóricas de sol, de espera y de alborozo a las que acudía Sapín, el mejor tamborilero del Bierzo, con su dulzaina y el tamboril para animar los bailes.


El pueblo por entonces era un auténtico vergel sin necesidad de recurrir a las aguas embalsadas de un pantano como se veían obligados otros pueblos de la comarca. Y es que ellos contaban con un RÍO. El Meruelo inundaba de vida la vega, y las huertas, los viñedos, los frutales se mostraban fértiles y nos ofrecían sus frutos con suma naturalidad.


Hoy el río se utiliza como piscina fluvial para que se bañen en él los veraneantes y se refresquen los peregrinos que en Año Jacobeo llegan en avalancha al pueblo sin poder creerse del todo que un solo lugar se concentren de tal manera la belleza, la armonía, la majestuosidad y los efectos de un espíritu superior que los recibe con los brazos abiertos -como a todo el mundo- para irlos estrechando en un abrazo amigo cuando, tras sortear el puente románico que lleva su nombre, acceden a la calle Real (la calle más hermosa del Camino de Santiago). En esa calle se conserva la casa en que pernoctaba doña Urraca en sus viajes a Galicia, que para eso Molina pertenecía a uno de los principales señoríos de su padre, el gran rey y conquistador de Toledo, Alfonso VI. También nos encontramos el palacio de los Balboa, una mansión esbelta y sobria que se deja proteger por inmensos torreones como brazos poderosos de un gigante. Con el nombre de “La Casa de las Torres”, los hermanos Rojo, descendientes de los Balboa, la han acondicionado como hostelería. Pepe Rojo me recibió, como es tradición en este pueblo, con una amabilidad espontánea y natural y me contó algunos detalles de la casa. Comí el menú del peregrino “en la misma sala que servía de albergue y hospital a los caminantes de otros siglos, bajo las mismas bóvedas de piedra”, donde, según las letras impresa en un sencillo folio por la mano del periodista de la familia, Alfonso Rojo, “podrás comer caliente, beber buen vino y reponer fuerzas para llegar a Santiago de Compostela”.


Molinaseca, un pueblo que enamora por su magia, por su luz, por los sonidos de sus aguas y el color de las plantas y las flores que adornan los balcones de las casas, debe, en gran medida, su origen y su vida al Camino. El párroco actual, don Maximino, me comenta que no se explica de otro modo que como fruto de las peregrinaciones el que se levantara aquí un templo dedicado a san Nicolás de Bari, en torno al cual se estableció sobre el siglo XIII una colonia franca. La basílica actual se erigió en el XVII. Hoy ejerce como iglesia parroquial amparando la robusta torre un edificio solemne y altivo (la perla del Bierzo) que guarda en su interior la emoción contenida de otros años y en sus bodegas el aroma inapreciable y amargo del trigo de los diezmos que los humildes labradores debían de pagar al clero. Cada una de las tres naves culmina en un retablo.


Pero no es éste el único edificio descollante en un pueblo que contó con siete molinos, siete ermitas y tres hospitales para peregrinos. El santuario de las Angustias dignifica el pórtico solemne a la magia y la elegancia de Molina. Puerta obligada en el Camino que nos abre el acceso las mejores tierras bercianas, se refugia desde tiempos muy antiguos en la falda de un monte que le sirve de cobijo en lugar de acoso como algunos llegaron a creer al comprobar las grietas que se abrían en su bóveda y en sus muros. Llevados por ese error, en 1931 se procedió a levantar la actual torre de piedra labrada, con el propósito de impedir que el edificio siguiera “patinando” ante el empuje de la cumbre. No lo consiguieron porque el fallo radicaba en los cimientos aunque, a cambio, se ganó la torre. Recientemente, ya en los años ochenta, se pudo acometer una rehabilitación integral del templo, orientada a otorgarle garantías que eviten sustos futuros.


Sin embargo, aunque se haya perdido parte del esplendor pasado como en tantos y tantos pueblos leoneses, Molinaseca conserva en su espíritu y en su piel lo mejor de aquella herencia y proporciona motivos a los tiempos -a todos los tiempos- para que no le vuelvan la espalda. Las edificaciones nuevas, bajo la protección de Bellas Artes, deben guardar el máximo respeto al entorno, la tradición y la cadencia que poco a poco van convirtiendo sus calles y sus plazas en una inacabable sinfonía. Pero las gentes no solo piensan en pasado. Se han abierto nuevos restaurantes, bares y hospederías que priman el trato exquisito a los clientes. Y varias fábricas de embutidos funcionan a pleno rendimiento y consiguen ganar fama y prestigio más allá de sus fronteras.


Los fines de semana el pueblo tranquilo y apacible se transforma. Cientos de automóviles llegados de Ponferrada y otros puntos cercanos toman materialmente el pueblo como si se tratara de una invasión pacífica y la calle Real y demás rincones se convierten en un río alegre de personas que van y vienen a través de la serenidad y la historia como si la quisieran romper, y comen en sus mesones y entran en sus bodegas. Hasta diez pude contar. Cabanas, un personaje auténtico y natural como el vino que sirve, me relata con detalle cómo diez años atrás, recogiendo el vino de su cosecha, se encontró con varios cántaros más de los previstos a causa de un fallo (él asegura que fortuito) en la prensa de su suegra, lo que a punto estuvo de acarrearle un serio disgusto. No encontrando salida para tanto vino -“y eso que yo soy un bebedor de primera”, me asegura-, decidió venderlo directamente en su bodega. Fue tal el éxito de la iniciativa, que otros la secundaron. Y hoy contribuyen a dar vida a esos increíbles fines de semana que muchos definen, “el milagro de Molina”.


Como se ve, todo es posible en este bello pueblo. La magia, la luz y los milagros. Los ojos sabios de sus gentes. La cordialidad, la sencillez y la melodía inextinguible de sus piedras. Pero nada es comparable, sin embargo, a una noche de verano con los faroles encendidos y la luna reflejándose en el río Meruelo a la vera del puente de los Peregrinos, con la iglesia de san Nicolás y el Santuario elevándose al fondo igual que mansiones de dioses muy altivos o muy sabios, y sentir en la piel erizada por la emoción que todo aquello te acaricia.


Era una noche de verano.




miércoles, 13 de mayo de 2020

NAVATEJERA

Navatejera es un pueblo en la encrucijada, un pueblo que ha saltado del ayer al hoy con rapidez y estrépito pero sin sobresaltos que alteren su plácido discurrir. Y que vive en la duda entre convertirse en “una ciudad dormitorio” del alfoz de León o mantener el espíritu tranquilo de “lugarejo”, como lo define Díaz-Jiménez y Molleda en el escrito que recoge el Boletín de Real Academia de la Historia de 1922 cuando se refiere al descubrimiento de la “Villa Romana” durante el año 1885, “en el camino muerto que entonces ponía en comunicación la capital con el pueblo de Villaquilambre y en el trozo que pasa junto a la ladera del altozano en que se encuentra el lugarejo de Navatejera...”.


Los romanos que llegaron a la provincia leonesa en busca de oro y otros bienes con que seguir engrandeciendo el imperio y levantaron el campamento militar de la Legio VII Gémina y puede que de la Legio VI a escasos cinco quilómetros de Navatejera, gustaban de buscar para sus asentamientos parajes bellos y despejados que reciban el influjo benéfico del aire y el sol y próximos a lugares donde abunde el agua, tan apreciada en sus vidas. Se dice que los romanos de entonces consumían tanta agua diaria como hoy la ciudad de Roma, ya que buena parte de sus cultura y costumbres giraban en torno al noble elemento.

Situado en la margen derecha del Torío y surcado por presas y manantiales en abundancia, Nava (como la conocemos casi todos) ofrecía incentivos suficientes para atraer a aquellos primeros pobladores. 

La Villa Romana”, cuyos restos se encuentran en situación de semiabandono a pesar de la declaración de Monumento Histórico Artístico en 1931 y al “amparo” del Museo de León, comprendía, según los investigadores, la casa de recreo a la vez que de labor de una notable familia de la época. En las excavaciones que siguieron a su descubrimiento casi por sorpresa en 1885 cuando las abundantes lluvias del invierno arrastraron tierras y horadaron profundos hoyos, se han recuperado ricos mosaicos, fragmentos de cerámicas, restos de estatuas que simbolizan a una diosa, monedas con la efigie del emperador y, según se recoge en la memoria, “instrumentos de labranza, piedras de molino y no escasa clavazón”. La residencia la componía una zona “noble” destinada a la familia y una “rústica” a su izquierda para alojamiento de esclavos y donde se hallaban también los cubiles, gallineros, bodega y edificaciones necesarias para cobijar a los animales y los diversos aperos de labranza. Espacio importante, como era costumbre en Roma, ocupaban los baños, con los diferentes hornos para calentar el agua destinada a los baños calientes y de vapor (caldaria y laconicum). Ya a principios del siglo XX, sin embargo, resultaba difícil diferenciar dichas estancias. En gran medida debido a que a los pocos días del feliz descubrimiento “y a pesar de las precauciones tomadas por la Comisión, el vulgo ignorante, aprovechando los descuidos del guarda, penetró por distintos puntos de la empalizada y destruyó las grandes baldosas que cubrían los hornillos de los hipocaustos, deshizo los pilares de éstos y arrancó las tégulas que formaban las cañerías que conducían el agua a las distintas habitaciones y que tendidas por los suelos y atravesando los muros, ora cálida, ora templada o convertida en vapor, calentaba, refrescaba o inundaba el aire de las cámaras. La destrucción hubiera sido completa de no haberse vuelto a soterrar los restos más notables y a cobijarse con edificaciones los ricos pavimentos de mosaico...”.

Los primeros pobladores debieron asentarse en este pequeño altozano que se eleva desde la “Villa Romana” buscando también el sol y otros vientos favorables y por cuyo subsuelo discurren las presas que incluso en recientes excavaciones para la construcción de nuevas viviendas ha originado no pocas dificultades. Y es que el agua ha estado siempre tan ligada al pueblo como a Roma. De hecho hasta su nombre la refiere, ya que como explica Ana Isabel Arias en su libro “San Antonio Abad y el pueblo de Navatejera”: “Navatijera o Nava Tixera debe su nombre a la abundancia de agua y presas que hay por estos parajes provenientes del río Torío. Nava significa tierra baja y llana con abundancia de agua, Tijera alude a los canales por los que discurría el agua”. El propio diccionario de la Real Academia de la Lengua incluye en la definición de nava la de “terreno pantanoso”. Por cierto, a san Antonio Abad, ese eremita al que las leyendas y la historia atribuyen una querencia especial por los animales e incluso la curación milagrosa de alguno de ellos, se le rinde tributo en el pueblo cada 17 enero, fecha estimada de su muerte. 

Puede que fuera la abundancia de agua unida al terreno arcilloso quienes propiciaron la instalación en el pueblo de varias “tejeras” donde se fabricaban tejas y ladrillos, como si quisieran encontrarle otro sentido al nombre que lo define. La última en cerrar se situaba precisamente muy próxima a los restos romanos, en el solar que hoy ocupa un inmenso bazar chino. 

Y es que como comentamos en las primeras líneas, Nava ha saltado con vértigo del ayer al hoy, de ese ayer que mediados los años cuarenta del último siglo apenas rebasaba los 200 habitantes cuando hoy ronda los 10.000. De ese ayer que como me recuerda un amable anciano sentado a la tímida sombra de las hojas de un viejo árbol protegiéndose de los primeros rayos de sol de una mañana de primavera en un banco de la pequeña plazoleta hoy llamada Plaza Salvador Fernández, “aquí -me informa- estaba precisamente la primitiva escuela, a la que acudíamos entre veinte y treinta niños cuando yo era rapaz, atendidos por un solo maestro”, a un hoy donde aproximadamente seiscientos alumnos acuden al moderno grupo escolar CEIP Villa Romana en que imparten clase más de cuarenta profesores. 

Y es que Nava se ha multiplicado en los últimos años “como los panes y los peces”. Muy especialmente desde los primeros noventa del pasado siglo cuando se acentuaba la expansión de la capital. Viendo levantarse chalets y edificios de varias plantas al lado de las viviendas más humildes, creando un polígono industrial (éste, al menos, sí, con empresas), acogiéndonos a multitud de leoneses que por diversos motivos nos hemos ido acercando a él. En su término se encuentra una de las instalaciones deportivas y sociales más completas de España bajo el nombre de “Casa de Asturias”, que ocupa una superficie que supera los 100.000 metros cuadrados y cuenta con cerca de 10.000 socios. Las calles, rotondas y la carretera León-Collanzo que la abraza por el este protegiéndola del Torío y la línea de FEVE que funciona (o debería funcionar) como tren de cercanías, han ido adquiriendo los hábitos de la urbe. Únicamente su iglesia se erige sobria y elegante en medio de tanto “desarrollo” con su espadaña apuntando al cielo y su atrio buscando y escondiendo el sol que llega del sur y dedicada a san Miguel Arcángel, en cuyo honor se celebran célebres y bulliciosas fiestas en el mes de Mayo.

Mientras todo eso sucede, mientras el tiempo pasa y las gentes viven, se afanan y divierten, Nava sigue acogiendo forasteros y todos -nativos y recién llegados-, contribuimos con nuestro grano de arena para que este lugar que tan propicio consideraban antiguos y sabios romanos siga escribiendo con elegancia su pequeña historia y manteniendo su espíritu noble, privilegiado receptor de agua, sol y aires favorables gracias a su inteligente emplazamiento.




viernes, 8 de mayo de 2020

LAGUNA DE NEGRILLOS

Laguna de Negrilllos rinde tributo a la Naturaleza ya en su nombre. El agua y los árboles como símbolo máximo del campo y la vida que generan. Ambiciones -sueño y deseo- necesarias y casi indispensables para un territorio enclavado al sur del páramo leonés, donde dichos elementos no abundan precisamente con la generosidad que en otras zonas de la rica y variada provincia de León. 


Los negrillos que, según viejas tradiciones, bordeaban en lejanos tiempos charcos, poblaban las riberas de los arroyos y se adentraban hasta las mismas puertas de las casas, poco a poco fueron sufriendo sucesivas pérdidas a medida que se roturaban terrenos destinados al cultivo, hasta que ya en la década de los setenta del pasado siglo, la grafiosis (esa enfermedad letal que según parece viene de Asia, donde los olmos son más resistentes que aquí) acabó definitivamente con los últimos ejemplares. 

El agua, que nunca ha sobrado a estas tierras, se remansaba, en cambio, en pequeñas lagunas o fuentes naturales que brotan sin excesivo entusiasmo en los alrededores del pueblo.

Las condiciones de vida y el paisaje han cambiado con los años, pero el espíritu primero permanece en sus calles, en sus casas, en sus iglesias y en la memoria de los nuevos pobladores. La primera vez que visité Laguna de Negrillos -por los ya lejanos años setenta- la impresión que recibieron mis ojos fue la estampa de un gigante que llevara mucho tiempo tendido de espaldas al sol con los brazos abiertos en cruz y el semblante sereno contemplando una llanura a la que no se le adivina el horizonte mientras evoca con nostalgia una historia que puede que comenzase hace más de mil años. 
Reyes, belicosos guerreros, señores con ambiciones de aristócratas y servidores fieles eligieron el enclave como punto de defensa en sus tareas de dominio y expansión. 

Aunque caben muchas posibilidades de que Fernando II fuese el primero de los monarcas del reino leonés que eligió este enclave como uno de sus baluartes defensivos en estratégica zona, en realidad sería su hijo Alfonso IX (el rey a quien alcanzó la gloria de convocar en el claustro de san Isidoro de León La Curia Regia en que se encontraban representados “Los Tres Estados”, como precursora de las primeras cortes que podríamos definir como democráticas en la vieja Europa) quien otorgó fuero a Laguna y la repobló y engrandeció, esforzado en mantener firme un camino de salida a su reino en torno a la Vía de la Plata. 

El rey castellano Alfonso VIII, rompiendo los pactos previamente suscritos se había saltado las fronteras y comenzaba a invadir territorio leonés. Ya se había apoderado de Valderas y Valencia de don Juan, a escasos quilómetros de Laguna, objetivo siguiente del castellano, previo acoso a la importante población de Astorga. Ambas plazas, sin embargo, resistieron aunque dichas acometidas animan al rey de León a defenderse de manera más firme e inicia la construcción de murallas y un imponente castillo con su altiva y sólida torre mayor. Castillo que a lo largo de los años ha sufrido achaques, rehabilitaciones y ruinas pero llega hasta nosotros con un magnífico aspecto. 

Contamos con referencias del apoyo de Alfonso IX a una época de esplendor para Laguna de Negrillos, y también con textos que confirman su estancia en el pueblo, ya que en uno de los puntos del “Fuero” otorgado se reseña, “el deber colectivo de entregar al rey, cuando viniera a Laguna, la cantidad de 30 maravedíes en equivalencia dineraria de un buen yantar debido al monarca”. 

Algunos documentos y escritos, sin embargo, apuntan a otros reyes como impulsores de la época de esplendor de Laguna de Negrillos, y donantes de los fueros. La confusión quizás la propicie el hecho de que como apunta el historiador Justiniano Rodríguez, “el núcleo primitivo (se refiere a los fueros) viene puesto en boca de un rey Alfonso (sin especificar ordinal) quien justifica la concesión generosa de la carta cuando dice: “que yo el rey don Alfonso hago a vos los pobladores de Laguna e de todas sus aldeas”.

Aparecen también referencias anteriores en escritos a lugares que bien pudieran identificarse con el pueblo actual, por ejemplo en donaciones como la que realiza el rey Alfonso VI -conquistador de Toledo, impulsor del Camino de Santiago y uno de los grandes reyes de la historia de España- a “la iglesia de Astorga”.

Pero al igual que sucediera en otros muchos territorios a lo largo del extenso período medieval, siguen a los tiempos de gloria y esplendor años de oscurantismo y decadencia. Se produce un acusado despoblamiento y murallas y castillo se arruinan. Habrá que esperar al siglo XV para que de la mano del conde de Luna, Diego Fernández de Quiñones, recobren buena parte de las venturas de su pasado.

Pero Laguna como el resto de pueblos y personas no puede vivir únicamente mirando hacia atrás, por eso encara el presente y el futuro con nuevos bríos, nuevas esperanzas. Se siguen cultivando cereales y legumbres. Se organizan fiestas que recrean la historia y distraen a los nativos a la vez que invitan a acercarse a forasteros y turistas. Para ello, si es preciso, se amparan en la tradición o se fijan en la tierra. 

La Cofradía del Señor Sacramentado viene organizando desde el siglo XVII “La procesión del Corpus” que congrega cada año a cientos de personas en torno a un espectáculo único donde se mezclan la espiritualidad y el teatro: un san Sebastián ataviado en un estilo entre carnavalesco y militar parte a mediodía de san Juan Bautista (iglesia parroquial que remonta sus orígenes a los siglos XV y XVI, con su espléndida torre amparada por el pequeño pórtico que sustentan seis columnas) y marcha a un ritmo de firmes taconazos seguido de un cortejo integrado por danzantes, los once apóstoles y dos birrias que representan una imagen entre burlona y ridícula del diablo. Los acompañan las mejores imágenes que se conservan en los templos y las niñas y niños ataviados con los trajes con que ese año han recibido la Primera Comunión. Aproximadamente una hora más tarde harán su entrada en la ermita del Arrabal, donde se celebra la solemne misa.

Aún queda el camino de regreso a la iglesia de san Juan. Allí, un san Sebastián convertido a la fe, se despoja de la máscara que ha cubierto toda la mañana su rostro y huye hacia su casa, seguido de los danzantes y birrias y avergonzado de su prepotencia al querer colocarse a la altura del mismo Dios. Acto con el que concluye la vistosa, prolongada y sentida celebración.

Es el “Corpus” una fiesta de hondo raigambre que, como se ha dicho, hunde sus raíces en la Edad Media y ha prendido en los corazones de los “laguneses” con el espíritu de un alma común y ha sido declarada de “Interés Provincial y Regional”.

Pero si celebraciones como ésta podemos afirmar, haciendo uso de una licencia literaria, que llegan del cielo, los vecinos de Laguna, muy pragmáticos, no se olvidan de la tierra de la que se han extraído durante años sus valoradas alubias y, aunque a muchos resulte curioso, a esta generosa, nutritiva y antiquísima legumbre traída de América por los primeros “conquistadores” honran también con una fiesta que no desmerece a las de carácter místico o religioso. En pleno mes de agosto cuando más visitantes, oriundos, emigrados y turistas acuden al pueblo se organizan cuatro días de alegres festejos en los que la ALUBIA se convierte en protagonista máxima y excusa para divertirse. 

Las dos fiestas tradicionales de Laguna, “el Voto” y “el Corpus”, se celebran en fechas primaverales. Y ese detalle que carecía de importancia cuarenta o cincuenta años atrás, torna decisivo en una época en que numerosos vecinos como otros muchos leoneses se habían visto obligados a emigrar hacia lejanas tierras -de la década de los 60 a la de los 80, Laguna había perdido 500 habitantes- en busca de un futuro mejor. Solo podía contarse con su presencia en verano. De ahí nació la idea entre los ediles de organizar una multitudinaria fiesta para el mes de agosto. 

Me dice Vicente Baza, que a mediados de los setenta, los jóvenes que necesitaban clases de recuperación en sus estudios acudían a una antigua biblioteca cedida por al Ayuntamiento. El alcalde comentó a los profesores que no pensaba cobrarles por la cesión del local, pero a cambio quería que organizasen una fiesta de verano. La iniciativa fue asumida por todos dede el primer momento. Se envió a los jóvenes alumnos a pedir dinero por las casas para el festivo fin. Los vecinos colaboraron gustosamente. Y desde un principio se pensó en la alubia -cultivo esencial en aquella época- como la protagonista en torno a la que girase la fiesta.

Desde el primer año resultó un completo éxito, a pesar de la inexperiencia de los organizadores y los escasos recursos con que contaban. Pero ya se atrevieron con desfiles de carros y carrozas, que entonces provocaban más risa que admiración. Como el rústicamente adornado por los más jóvenes, del que tiraba un macho y al que acompañaba como símbolo de su participación en las tareas del campo, una famélica burra que, según recuerda Vicente, había conseguido otro de los mozos de entonces, Virgilio -no recuerda bien cómo ni donde- pero que sus fuerzas (las de la burra) debían ser tan escasas que a duras penas consiguió llegar con vida al final de las fiestas.

Desde entonces, mucho ha cambiado. No en entusiasmo ni imaginación, pero sí en medios, organización y el apoyo esencial de las diferentes peñas. 

Hoy se eligen reina y damas entre las chicas más guapas del pueblo, se organizan desfiles participativos con vistosas carrozas y disfraces, premios y concursos, se baila en las verbenas y las más originales y creativas embarcaciones descienden por las aguas del “reguero”. Los carros -estos sí- lujosamente engalanados despiertan la admiración de los presentes.

No debemos, sin embargo, olvidarnos de la famosa “alubiada”, centro, motivo y justificación en torno a la cual se organiza todo. Un lujo de diversión para quienes participan, pero no menos para quienes lo contemplan.

Estas festividades como otras similares no solo reflejan lo que tienen de espíritu festivo sino que hablan también del alma y el corazón de un pueblo que sueña y no se detiene, que atesora fuerzas suficientes para enfrentarse al duro presente y al incierto futuro para el que cuentan, como hemos dicho, con uno de los más ricos pasados de los muchos que atesoran los pueblos de León.











martes, 28 de abril de 2020

LEÓN

Las ciudades cambian pero hay en ellas un espíritu que permanece siempre. Por eso tanto los mayores como los jóvenes, los optimistas, los nostálgicos, los inmigrantes o los turistas vemos León como una ciudad de espacios abiertos, llena de luz, de calma y de belleza (de ella dijo Ortega y Gasset: “la ciudad irradiando reflejos tiene un despertar de joya”), un lugar que, heredero de un rico pasado y portador de un presente lleno de horizontes, abre grietas continuas por las que asoman su resignación y sobre todo su orgullo, porque esta vieja población que los romanos construyeron en los primeros años de la Era Cristiana como un cuartel, ya en el siglo X había tenido “24 reyes antes que Castilla leyes”, aunque ahora no sea más que la capital de otra de las nueve provincias de una comunidad autónoma mal asimilada y querida por casi todos y que se llama Castilla y León porque no ha sido capaz de inventar una identidad ni tan siquiera un nombre.
Y es que León es una ciudad individualista y soñadora como sus gentes. Por eso aquí abundan los quijotes y los poetas. Quijotes individuales como Guzmán el Bueno que se fue al sur para defender la plaza de Tarifa contra los moros ofreciendo a su propio hijo en sacrificio. O quijotes colectivos como esos miles de leoneses que en la década de los sesenta del s. XX, viviendo en la capital de una de las provincias más ricas del país en recursos minerales y energéticos, apoyaron el proceso industrializador de otras regiones menos favorecidas, contribuyendo a su recuperación mientras dejaban la suya abandonada.

Lo de los poetas es otra historia. Así como hay futbolistas en Brasil, pescadores en Galicia, leñadores en Vizcaya o chulos en Madrid, hay poetas en León. Cada pueblo crea a sus propias gentes porque la tierra marca, enseña, modula y forma más allá de la propia voluntad. Crémer, Nora, Gamoneda, Colinas, Mestre, Llamazares, o los que han buscado otro medio de expresión a su poesía como Fermín Cabal en el teatro, Pereira con el cuento o Luis Mateo Díez, Merino, Torbado, Trapiello o Aparicio con la novela, no son más que la consecuencia brillante y lógica de una cantera inagotable. 


Sin embargo, ser poeta en León no tiene mérito. Aquí la poesía vie en la calle, en la luz policromada que renace día tras día a través de las vidrieras de la catedral, en las pinturas del Panteón Real de san Isidoro, en la humildad de sus dos ríos, en la fachada plateresca y deslumbrante de san Marcos, en los arcos y las piedras de sus plazas, en las nieves del invierno, en el aire cargado de los bares del barrio Húmedo, en las narraciones de los ancianos, en las risas de los niños, en los ojos misteriosos de las gentes que cruzan a todas horas la avenida de Ordoño -arteria principal de la ciudad- como si en ellos llevaran la nostalgia cuando en realidad sólo llevan el secreto de la vida... Los poetas solo tienen que salir a la calle y dejarse invadir por ella. Lo demás es artificio. 

En esta capital del antiguo Reino podemos enorgullecernos de contar con las mejores representaciones del gótico, el románico o el plateresco. La catedral de León no es sólo el primer Monumento Nacional de España sino también una invitación para los amantes del misterio y los milagros. Erigida en el lugar más alto de la ciudad, descansa sobre restos esenciales de su historia, ya que allí estuvieron antes las termas romanas y el palacio de Ordoño II que el propio rey donó para erigir un primer templo románico. Sus torres persiguen el cielo ligeras y elegantes pero, como si fueran dos árboles auténtico lo hacen de forma desigual creciendo según la influencia del sol. Así la del Norte es más humilde y pequeña mientras la del Sur, construida en tiempos del obispo Cabeza de Vaca, por lo que llegaría a conocerse de ese modo, se eleva en una exuberancia fértil y aún corona su “copa” altiva con un rico chapitel calado. 

En la basílica de san Isidoro la sobriedad del románico coquetea en su exterior con elementos góticos y barrocos y nos ofrece en el Panteón de los Reyes un festival eterno de pinturas en que recreaciones bíblicas y florales alcanzan el carácter de gloriosas. La Capilla Sixtina del románico español fue decorada en el s. XII por sabias manos. Bajo poderosos capiteles pletóricos de luz y color que recrean escenas religiosas y populares descansan los cuerpos de 23 reyes, 12 infantes y 9 condes leoneses, o tal vez más.

San Marcos (monasterio, hospital de peregrinos, hostal... aunque también cárcel en que estuvo preso Quevedo) se levantó un buen día al lado del Bernesga y el puente por el que continuaban los peregrinos su camino hacia Santiago, y luego se fue estirando desde 1514 en un derroche de ingenio y locura para completar la fachada, protegida en un extremo por la iglesia y en la otra por un robusto torreón. Medallones en el zócalo, guirnaldas, el friso, impostas y columnas, los balcones, las ventanas, versículos de los Salmos grabados en los muros, cornisas y una bella crestería le confieren esa presencia deslumbrante que maravilla a todos.

Pero no son estos los únicos símbolos de orgullo para los leoneses. En Palat de Rey, la iglesia más antigua de la ciudad, del s. X, se han encontrado restos mozárabes y visigóticos de la primitiva construcción en diferentes excavaciones. Hay otras iglesias antiguas como la del Mercado, que se acerca de espaldas a la plaza del Grano, empedrada entre humildes soportales y donde dos ríos/dos ángeles abrazan la ciudad/una columna; la de San Martín, la de Santa Ana, la de Santa María la Real; y viejos torreones y palacios como el de los Conde de Luna; y restos de murallas y edificios señoriales en los que late la historia de un reino, un orgullo y una ambición. Aquí se celebraron las primeras Cortes democráticas de la vieja Europa cuando en 1188 Alfonso IX convocó a concilio a obispos, nobles y también a ciudadanos representantes del pueblo. Antes, otro Alfonso, el V, convocó igualmente a la curia y los grandes de León, Galicia y Asturias a otra asamblea donde además de leyes generales para el gobierno de los reinos, se promulgó el Fuero de León, el más importante de España durante la Edad Media.


Aires de ayer y caminos de esperanza, la ciudad se fue abriendo hacia el futuro. Aquella “isla deliciosa entre dos ríos”, no sólo desbordó pronto el viejo campamento romano para incorporar en el s. XIV “el burgo nuevo” y más tarde el recinto medieval, sino también las cuencas del Torío y el Bernesga para salir al exterior y mezclarse con el mundo. Se “ensanchaba” la ciudad. La Gran Vía comunicaba la plaza de Santo Domingo con la de San Marcos, paseos tranquilos como el de la Ronda (Papalaguinda) y el de la Playa, bordeando el río, se iban llenando al atardecer de ciudadanos inquietos y tranquilos a la vez, amantes del reposo y la aventura, cultos y profundos en una pequeña capital de provincias que llegó a tener diez periódicos y once puertas como símbolo de su afán de conocimiento y comunicación.

A pesar de todo , o quizá por eso, León hoy es una ciudad contradictoria y rica que sigue buscando, no sin dificultades, su destino. Una gran desconocida de la que fuera de sus fronteras sólo se sabe que tiene catedral y un invierno frío. O sea, nada. Por eso quienes la visitan se sorprenden al recorrer sus calles, visitar sus monumentos y conocer sus costumbres, su clima y a sus gentes. Sánchez Albornoz dice de ella que hace ya más de mil años, “cuando fue la población más importante de la España cristiana, León vivía a ras de tierra, sin otro acicate que la sensualidad y sin otra inquietud espiritual que una honda y ardiente devoción. Mística y sensual, guerrera y campesina, la ciudad toda dividía sus horas entre el rezo y el agro, el amor y la guerra”.



martes, 14 de abril de 2020

SAHAGÚN

León se serena cuando trata de entrar en Palencia y Valladolid por Tierra de Campos, ese inmenso desierto amarillo en el que no se adivina el horizonte y que en primavera parece un mar grandioso de espigas formando olas con el viento. En sus riberas crecen los tomillos y bajo su cielo siempre tan azul vuelan palomas torcaces y avutardas.


Este paisaje pardo y duro sin apenas árboles ni cerros ni verdes ni colinas, de llanuras infinitas levemente erosionadas por riachuelos que se secan con tan solo respirar, “...que llaman Tierra de Campos, los que son campos de tierra...”, pueden fácilmente producir desolación pues de severo y humilde esconde tanto su belleza que se necesita un espíritu sensible, una voluntad, un afecto y un optimismo lúcido para no dejarse engañar y ser capaces de desvelarla. Porque tener la tiene. Poetas y pintores la encontraron antes que nosotros pero nos han enseñado el camino para secundarlos.

En medio de esa belleza especial, como un símbolo o un blasón noble, se levanta majestuoso, solemne y sereno el pueblo de Sahagún, fundado por Carlomagno tras una dura batalla a orillas del río Cea. Los valerosos paladines, una vez alcanzada la victoria, clavaron sus lanzas en el suelo del campo de batalla y allí echaron raíces y florecieron en forma de fresnos altivos y orgullosos. Esa es la leyenda.

La historia, sin embargo, sitúa sus orígenes en torno al monasterio Domnos Sanctos, fundado en el siglo VIII y restaurado y enriquecido por el abad Bernardo en el siglo XI, bajo la protección del rey Alfonso VI, al que tanto deben facundinos, leoneses y el mundo cristiano de entonces. Años antes, Alfonso III que profesaba honda veneración por los mártires Facundo y Primitivo, a cuya memoria se erigían una pequeña iglesia y un sepulcro a orilla del río Cea, había decidido hacerse con el sitio para donárselo a unos monjes que llegaban de Córdoba huyendo de la persecución de los cristianos en tierra de moros. 

Aquella primera humilde comunidad de religiosos iba a experimentar un cambio significativo cuando el “rey bravo”, que gustaba de tan bellos parajes para su descanso entre campaña y campaña, acudió al abad Hugo de Cluny para establecer su orden en Sahagún bajo la regla de san Benito. El rey expidió prontos privilegios confirmando derechos, haciendas y villas al Monasterio, así como “liberando a los vasallos suyos de toda jurisdicción y fonsadera”. 

La regla de Cluny, cuya más innovadora costumbre fue la supresión del trabajo manual en favor del “oficio divino”, envía a Sahagún a monjes bien formados que no solo habrían de marcar su vida sino la de gran parte de la cristiandad a lo largo de la Edad Media. Con la llegada de los abades Roberto y especialmente Bernardo (con el tiempo arzobispo en Toledo), el cenobio y el pueblo -que iba creciendo a su sombra-, alcanzarán una grandeza incomparable de Pirineos abajo (más arriba solo le superaba el propio Cluny). Las prerrogativas y poderes otorgados y conseguidos les permitieron hacerse con un importante acervo espiritual, religioso y material. Gracias al “privilegio de exención”, a sus numerosas fundaciones y a las donaciones recibidas de los reyes de León, de Francia, de Inglaterra y de Castilla, de los duques, obispos y señores; la riqueza -”al lujo por Dios”- y la influencia de Cluny fue notable. Se convierte en el primer monasterio benedictino establecido en España. De él dependen por entonces otros 100 monasterios, posee haciendas desde el Cantábrico al Duero y su abad es una de las personalidades más respetadas en el mundo cristiano. La propia reina Constanza (borgoñona y sobrina del abad Hugo) construirá su lujoso palacio próximo al Monasterio. 

Hoy solo nos queda de todo aquel esplendor la “puerta de san Benito” que nos recibe cuando entramos en Sahagún. Y en el convento de las madres benedictinas, los sepulcros de “su rey”, Alfonso VI (quien manifestó su deseo de descansar eternamente en esas tierras que tanto amaba), de sus esposas Inés, Constanza, Berta y la mora Zaida, y de varios de sus hijos. 

Es cierto que este Sahagún que antes fue san Facundo en memoria de uno de aquellos primeros mártires, hijo, se dice, del patrono de León, el centurión Marcelo, y más tarde Sant Facunt y Safagún, debe gran parte de su historia al monasterio. Pero lógicamente, en un lugar de siglos y cultura no ha podido ser únicamente la influencia de los monjes la que ha marcado el destino de la villa. Otros muchos pies han ido dejando sus huellas a lo largo de los tiempos en esta tierra ocre, mesurada, dócil como el barro, cálida como el sol que ha cubierto siempre su piel brava y curtida.

Auténtica puerta en el Camino de Santiago, son miles los peregrinos que han encontrado en ella una senda, un amigo, una parada imprescindible y un descanso en la ruta jacobea. Quizás no sea ajeno tampoco a ese esplendor dentro del milenario Camino, la influencia de su rey, ya que Alfonso VI precisamente fue uno de sus grandes impulsores distribuyendo órdenes y medios para que los puentes entre Logroño y Compostela fueran reparados y se levantaran otras nuevos donde fuera preciso. También fomentó la construcción de albergues y hospitales a lo largo de su trayecto, prestando especial atención a Burgos, donde confluían las gentes que llegaban por Iranzu y quienes lo hacían por Roncesvalles. Esfuerzo y entrega de los que se benefició muy especialmente su amado Sahagún, convertido desde entonces en uno de los más prestigioso lugares del Camino. “Y demandé a Sancho, el rey de Aragón, una entrega a ese sagrado empeño con la misma ilusión que yo me estaba entregando en mis territorios”.

Pero además Sahagún nos ofrece testimonios que solo pueden ofrecer los pueblos con una rica historia. La influencia mudéjar nos sorprende en san Tirso. Iglesia situada a espaldas del Monasterio de san Benito se presenta con tres ábsides pletóricos de arcos ciegos sosteniendo la torre de ladrillo que se asoma por vanos que crecen en número y disminuyen en tamaño según se eleva majestuosa a un cielo que presiente próximo. El santuario de la Peregrina, también en románico-mudéjar del siglo XIII, se sitúa en un altozano desde el que divisa y protege al pueblo. Y no debemos olvidar la iglesia de San Lorenzo o el santuario de La Virgen del Puente, recibiendo a orillas de Valderaduey a los peregrinos que llegan de Castilla.

En mi penúltima visita a Sahagún, con motivo de la presentación de mi novela “Alfonso VI. Vida pública y privada del rey”, me cupo el honor de ser acogido para el acto en la iglesia de la Trinidad -sin culto- donde hoy se encuentran un albergue para peregrinos y el auditorio municipal “Carmelo Gómez” (como homenaje al famoso actor nacido en el pueblo). Recuerdo que se trataba de una fría tarde de invierno en la que caían con desgana algunos copos de nieve mientras vencíamos el Cea sobre Puente Canto, uno de los pasos más hermosos del Camino, al que se le atribuyen orígenes romanos y que fuera rehabilitado en el siglo XVI, aunque es muy posible que en el XI ya recibiera los cuidados de Alfonso VI (omnipresente en cuanto se refiere al apoyo a su adorada villa de Sahagún). Llegábamos invitados por la asociación cultural Fernando de Castro que presidía Luis Peradejordi (médico de muchos años en la villa) con el apoyo en la vicepresidencia de Valentín Mon, un facundino que hablaba de su tierra con un apasionamiento que solo poseen quienes se enamoran y que, además de miembro activo en diversas actividades culturales, trabajaba en su taller construyendo y restaurando muebles valiosos, verdaderas obras de arte o maquetas tan bien logradas como las de esa iglesia de La Trinidad o La Peregrina. Trabajo por el que recibió en su día el “puerro de oro”, distinción que los vecinos conceden a través de su Ayuntamiento a cuantas personas o instituciones se hayan destacado por contribuir a engrandecer la memoria del pueblo.

Otros muchos avatares y sucesos, ilustres o miserables, han jalonado la larga y difícil pero orgullosa historia de Sahagún. Las tropas del general Moore que tanto protagonismo acapararon durante la guerra de la Independencia en toda la provincia de León, levantarían allí su cuartel general después de su victoria sobre los franceses. También fue escenario de cortes del reino en 1313. Y por esos tiempos contó con una población numerosa y universal que enriquecía su vida. Barrios de judíos y de moros convivían con los de los lugareños en pacífica convivencia.

Sahagún ha sabido ser un pueblo emprendedor a pesar de ese aspecto pasivo o austero que se aprecia en su paisaje, en las viejas casas de tapial que parecían prolongar hacia arriba el aspecto sublime y uniforme de la tierra y que no solo se daba en las casas humildes de los labradores sino también en las casonas hidalgas que, aunque fueran espaciosas, bellas y confortables por dentro, seguían presentando al exterior una severidad impresionante. Como si se tratara de la firma de su carácter. Como si toda la fuerza la guardaran en su interior. Esa fuerza sólida que llevó a los campesinos y comerciantes del pueblo a revelarse contra doña Urraca y los privilegios monacales. Serían derrotados, algunos murieron y otros fueron expulsados, pero nadie podrá negar su coraje . Desde entonces se produjo una notable decadencia en la actividad y en la vida del pueblo. Pero su afán y su tesón pronto los llevarían a recuperar el pulso más intenso con la instauración de ferias medievales que han conservado su espíritu hasta nuestros días (aún recuerdo la imagen viva de una fotografía en blanco y negro de mitad del siglo XX, que dibuja la plaza de Sahagún llena de gente, de carros, de carretas, de burros flacos y de toldos cubriendo los productos que se ofrecen en los puestos).

El tiempo pasa despacio por esta tierra de tanta luz interior a la que Aymric Picaud definió como “ciudad llena de toda clase de prosperidades”, pero sigue siendo todavía la actividad comercial que le alcanza como centro de comarca, como punto importante en el trayecto del Camino de Santiago, como bello paraje turístico, de ocio y de descanso de gentes que buscan en verano el sol, su belleza solemne y austera, y el resto del año el misterio y las grandezas de su historia, la que impulsa y mantiene en gran medida el desarrollo del pueblo. O sea, la vida.