martes, 7 de junio de 2022

BRAÑUELAS EN LA NOVELA ALFONSO IX "el rey demócrata"

SE ENCUENTRAN ACAMPADOS EN ASTORGA CAMINO DE COMPOSTELA

...Ya bien entrada la noche, el rey nos indicó al conde de León y a mí que lo acompañáramos. A la luz tenue de una vela examinaba un mapa que sostenía sobre las rodillas.

–Tenemos dos opciones –comentó–, o desviarnos poco más de dos leguas al norte de Astorga para adentrarnos en tierras bercianas a través de los territorios pertenecientes a los herederos del conde Gatón o continuar la ruta que acostumbran a seguir los peregrinos. 

–La primera parece más extensa –comentó Ponce Vela de Cabrera, quien por entonces oficiaba como alférez real, mientras observaba el dibujo.

–En efecto, pero la otra nos obliga a ascender a la cima de escarpados montes.


–Vos conocéis mejor que nadie estos territorios –quise comentar.

–Se me ha informado que al término de la llanura que discurre a la orilla de un pequeño riachuelo, en la zona conocida como Brañuelas debido a las brañas que salpican las laderas de aquellos montes, los descendientes del conde Gatón disponen de amplias praderías para el pasto de sus ganados, con pequeñas chozas que sirven de refugio a los pastores cuando llueve, y que este camino es mucho más favorable. Y además, próximo al pueblo de Valbuena de la Encomienda, perteneciente a la orden de los hospitalarios de san Juan y a solo una legua de las brañas, los monjes han levantado un monasterio donde a la vez que se dedican a la oración atienden a los peregrinos que se aventuran por esa ruta. No tendríamos ni que montar el campamento. Pero... 

–Pero...

–Podríamos extraviarnos. Nunca he transitado esos parajes y los trazados de la ruta en el mapa no son claros. Resultaría fatal que nos perdiéramos, o una simple demora teniendo en cuenta que viajamos con el tiempo medido... (PAG.74)

lunes, 30 de mayo de 2022

 ALFONSO IX "el rey demócrata".

Conversación entre Berenguela de Castilla y los defensores del testamento de Alfonso IX:

...Berenguela entrelazó las manos a la altura del vientre y comenzó dirigiéndose a nosotros en un tono muy suave de voz, como si pretendiera seducirnos.

–Caballeros –dijo–, considero que las últimas decisiones que habéis adoptado, sin duda, de buena fe, nos conducen a un camino de enfrentamientos donde los sacrificios y las penas no serán compensados ni siquiera por una victoria.

–Nosotros nos limitamos a ser leales al rey Alfonso–respondió Diego Fróilaz.

–Pero el rey Alfonso ya no está.

–Su legado sí.

–El reino de León precisa de una mano fuerte que lo guíe.

–Estamos de acuerdo con vos, señora –respondió Pedro de Portugal–, pero como sabéis, el reino de León supera en años, tradición y prestigio al de Castilla.

–Mi hijo Fernando es leonés.

–Pero no vos ni los nobles que os acompañan.

–Conservaréis vuestras cortes, leyes y costumbres.

–Para León depender de Castilla solo puede acarrearle perjuicios.

–Exageráis –dijo moviendo la cabeza en un gesto que parecía más de coquetería que de contrariedad... (pag. 383 de la novela)

domingo, 23 de enero de 2022

 

MANSILLA DE LAS MULAS

Una muralla de chopos altísimos en la ribera del Esla esconde la muralla antigua de piedra edificada en tiempos medievales y defiende al pueblo con una nueva fortificación de color verde que llegando por el Norte solo permite ver con claridad las torres majestuosas de las iglesias de santa María y san Martín, donde establecen sus nidos las cigüeñas sin robarle solemnidad a las cruces que coronan las picotas. Es Mansilla una estampa original del tiempo en la que juegan sin estridencia la tradición, la hospitalidad, el comercio, la ruta, la añoranza y un horizonte libre que se abre inmenso, prudente y amarillo camino de Castilla.

Los romanos de la Legio VII Gémina establecieron aquí -“a un día de viaje” de León y a poco más de una hora a pie de Lancia, la más importante de las ciudades “astur-romanas”-, una mansión militar para descanso y reposo de los guerreros en una de las vía principales de Roma a España, y la llamaron Villalil. Ellos levantaron las primeras fortificaciones y los Cubos que situados en lugares estratégicos y precisos lograron entenderse con el río para defender en solidaria armonía a un pueblo que comenzaba a escribir una larga historia sin ser consciente de ello. Aun así los godos de Witiza y más tarde los moros de Almanzor acabarían llegando a devastar todo aquello que había erigido Roma.

Sin embargo, cada siglo, cada imperio ha dejado sus huellas, sus heridas. La mansión se convertiría en Mansilla, y Fernando II puede que levantara o reconstruyera primitivas murallas, lo cierto es que la repobló con gentes traídas de diversos lugares y le concedió fueros. Tarea repobladora que por cierto continuó su hijo, el gran Alfonso IX. Otros reyes y señores se acercaron a ella con distintos talantes e intenciones. Pero a todos ha sobrevivido y de cada uno guarda memoria.

Yo no accedí a Mansilla de las Mulas por el Norte a través del puente que cabalga el Esla como un amante tranquilo que parece exhausto, lo que resulta comprensible después de más de ocho siglos abriendo sus ocho ojos a las aguas del más impetuoso de los ríos leoneses. Al visitarla en año jacobeo, opté por rodearla entrando al estilo de un peregrino cualquiera por la Puerta de Santiago o del Castillo, de la que ha desaparecido no solo el castillo sino también el arco y solo permanecen dos brazos poderosos de piedra dañados por el tiempo y el vacío. En cambio en la plaza a que da acceso pude encontrarme con el típico crucero de la Ruta Compostelana sombreando una base escalonada en la que descansan del duro camino tres peregrinos jóvenes esculpidos a tamaño natural. Mansilla rinde tributo al Camino que conduce a la tumba del apóstol en Santiago porque gracias a él ha recogido también algunos de sus mejores frutos.

Varias sorpresas pueden aguardarte a la vuelta de cada esquina. Pero lo que a mí más me sorprendió de esta villa tranquila que huele a viento seco y placidez en las tardes de verano, fue el hecho de que la adornen diez plazas que son como diez matices distintos de un mismo rostro pleno de expresividad y de esa belleza apacible y espontánea que conceden los años. La plaza de la Cebada, pequeña, recogida y austera, un caño y tres bancos de color verde en los que reposa el silencio. La plaza del Pozo, en el centro del pueblo y presidida por el edificio del Ayuntamiento, los antiguos soportales, el comercio y el bullicio de gente de todas las edades que por esa zona se mueve, se ve, se cruza, se habla o, simplemente, se contempla.

Aquellos a quienes pregunto añoran el esplendor de los años pasados cuando acudían en masa los veraneantes a disfrutar de su clima, de su río, de sus comidas, de una hospitalidad ganada a base de empeño y tradición como punto de descanso y refugio obligado en el Camino. El Año Santo no ha hecho el milagro. Los peregrinos son aves de paso que ennoblecen el paisaje y muchos de los asturianos que tanto fervor demostraron siempre por la villa, han preferido buscar nuevos destinos. Sin embargo, y aunque aún nos encontramos a media tarde, la Calle del Puente, sombreada, tranquila y serena, muestra una vida y un ambiente inesperados. Al final de la calle se divisa a tres niños jugando en los columpios de la Plaza del Grano. La tarde allí crece y se apodera de otras calles próximas y se esconde en los soportales y se desborda por la hermosura abierta en el hueco íntimo del Postigo, que como un sentimiento hondo busca las inmediaciones del río. 

Un hombre subido en un andamio endeble trata de fijar en la fachada de su casa un farol y compone una estampa de antiguos tiempos. Se siente en esa plaza una mezcla confusa de placidez y de desgana. En la fuente que la preside, apoyada sobre cuatro leones recostados con gesto humilde, las gotas de agua que rebosan la pileta superior de la fuente saltan a las piletas inferiores como niñas diminutas que se lanzaran de cabeza a una piscina.

Aprieta el calor y decido sentarme en uno de los bancos de esa plaza del Grano, a la sombra de uno de los árboles. El mismo en que se sientan Silvia, Lorena y Conchi, unas chiquillas encantadoras que estudian en el colegio “Pedro Aragoneses” y que con su gracia y la espontaneidad que solo se tiene a los catorce años, me hablan del pueblo como si hablaran de algo mágico. Sus palabras, silenciadas a veces a causa de la risa, adquieren tonos delicados y muy bellos e irradian esa magia literaria propia de la fantasía adolescente. Mansilla, entonces, a través de sus ojos me parece un sitio nuevo casi desconocido, mucho más hermoso. Me indican que visite las plazas que no he visto todavía, que suba a lo alto de los Cubos (si me atrevo) para contemplar desde allí, como un rey antiguo -lo del rey lo pienso yo-, una privilegiada panorámica del pueblo. Pero no se limitan a las recomendaciones. Me acompañan hasta el río, a la fuente “Los Praos”, donde turistas en bañador descansan en el verde y toman el sol a orillas del Esla. 

Siguiendo sus consejos me acercaré hasta El Merendero en la calle del Peregrino, que extendiéndose sobre una explanada de praderas verdes al lado de la muralla conserva en sus bancos de madera, en su entorno y en la rana de hierro con la boca abierta al cielo, todo el sabor de las tardes de pueblo en los meses de verano. 

En ese punto las chicas se despiden amablemente de mí, pero antes me hablan de las fiestas, de los bailes en las plazas, de la feria del tomate en que se exhibe y se honra el más típico de sus productos, del “Descenso del Esla” en el que embarcaciones de todo tipo, construidas por los propios participantes con imaginación e ingenio se hacen al agua en una competición que se remata una vez en tierra firme con otro original concurso de tortillas en el que se premiará la mejor hecha. Recuerdo que me hablaron de otras curiosidades y anécdotas a las que puede que no prestara la debida atención. Lo más importante, sin embargo, es que enriquecieron de una manera extraordinaria la imagen que yo me había formado de Mansilla, porque este pueblo antiguo cercado por murallas de chopos y de piedra, pletórico de historia y parada obligada en el Camino, aunque hermoso, gana un sabor distinto, una esperanza nueva cuando se puede ver como lo ven los ojos sabios de unas adolescentes. Ellas atesoran el milagro que necesitan los pueblos viejos para poder mantenerse vivos.








lunes, 10 de mayo de 2021

 LA BAÑEZA


La Bañeza igual que Astorga ha sido y es -a pesar de la muerte del tren de la Ruta de la Plata, acaecida en 1983 después de casi cien años de vida- un importante nudo de comunicaciones en el que se entrelazan los caminos que conducen a Galicia y a Madrid, al resto de León y por Sanabria a Portugal. Y también, como la capital maragata con la que siempre ha mantenido una noble rivalidad incluso en el arte, contratando maestros arquitectos que habían trabajado en importantes obras de Astorga para que dejaran sobre su piel las huellas de sus dedos, guarda en sus piedras, en su origen y en su memoria el recuerdo de antecedentes astures y romanos.


Los beduinos o bedunenses, tribu de los astures, fueron los primeros pobladores de este lugar al que decidieron dar el nombre de Bedunia en un punto próximo al que hoy ocupa San Martín de Torres. Integrado en el que se denomina Conventus asturiciensis con capital en la vecina Asturica Augusta, tras años de abandono y despoblamiento, parece ser que fue el conde Gatón quien avanzando con sus tropas desde tierras bercianas en su tarea repobladora, decidió volver a situarla en el mapa, allá por el siglo IX. Un siglo después adquiría el nombre de Vanieza que por diferentes modificaciones lingüísticas daría en la actual La Bañeza, aunque hay quien busca el origen de su nombre en Bani Eiza, un asentamiento primitivo ocupado por mozárabes cordobeses durante la Alta Edad Media. 

Sea como fuere, lo cierto es que La Bañeza hoy es un nombre que identifica a un pueblo comercial, laborioso, divertido y abierto, convertido en ciudad por Real Orden del año 1895 bajo el reinado de Alfonso XIII, y centro de una comarca que gracias en gran mediada los regadíos y las aguas que les llegan del Órbigo, el Tuerto, el Duerna y el Eria ha conocido épocas de merecido esplendor. Mucho antes, otro rey, Alfonso VIII, le había concedido ya el título de muy leal después de la Batalla de las Navas de Tolosa en la que algún o algunos bañezanos ilustres y guerreros colaboraron con encomiable entrega a la derrota de los almohades. Y en 1556 uno de los herederos de la Casa de Zúñiga recibió el marquesado de La Bañeza. 

Como se ve, acumula este pueblo leonés años, tradiciones e historia. Ambicionado por astures, godos y romanos, recibiendo los ataques de moros y franceses, nunca se ha permitido desfallecer. A sus puertas se cuenta que recibió Napoleón el último día del año 1808 la noticia de que el emperador de Austria había roto las hostilidades. Iba camino de Astorga persiguiendo a los bárbaros ingleses del general Moore y decidió regresar de inmediato a Francia, lo que pudo cambiar de manera notable el curso de la guerra de la Independencia.


Esos y otros sucesos similares han hecho de La Bañeza un pueblo singular y diverso, a veces emprendedor, a veces inmóvil, pero siempre diferente, pues si todos los pueblos tienen dos caras como la luna, La Bañeza además tiene dos almas. El alma recatada y sobria que pasea las mañanas soleadas de domingo bajo los soportales de la Plaza Mayor, juega en las primeras horas de la tarde al tute en el café Pasaje, en el Círculo, en el Casino o en el Isla, cultiva legumbres y remolacha en ese campo generoso bañado por el Órbigo y sus afluentes que ya citamos, y puede rezar o deleitarse contemplando la iglesia de Santa María (que nos sitúa en el centro del casco urbano y se encarga desde el siglo XVI de la imagen más identificativa del pueblo), la de San Salvador (la más antigua, erigida en la zona alta, a las afueras, nos ofrece detalles románicos, platerescos o barrocos como rasgos distintivos de su prolongada existencia, y se ampara en una torre majestuosa e imponente que pretende defenderla de los avatares de los tiempos), la capilla de Jesús o la iglesia de la Piedad. Perdón, ésta ya no. Desde hace algunos años, este templo que perteneció a la Cofradía de Clérigos de la Piedad desde el siglo XVI -llena por tanto de tradición e historia viva- ya no es más que un montón de escombros gracias a la desidia de unas administraciones que muy pocas veces saben situarse a la altura de los pueblos que los consienten.


Tal vez también para olvidar afrentas semejantes, dispone La Bañeza de esa alma alegre, festiva y transgresora con que celebra sus fiestas y, de manera muy especial, unos Carnavales llenos de vida, de color, de ingenio y de belleza. Hay que remontarse a épocas medievales para encontrarles un origen lejano en los teatros y comedias que organizaban las cofradías religiosas, de donde surgió el Carnaval “como un rebrote o mimo más popular y callejero del teatro” según escribe Albano García Abad en “La Bañeza y su historia”.


En los años duros y difíciles, mientras los Carnavales estaban prohibidos en el resto de España, los bañezanos los seguían celebrando con jolgorio, alegría, colorido y una auténtica explosión que contagia las ganas de vivir. Carnavales que en la provincia de León son todo un símbolo y una verdadera fiesta llena de disfraces imaginativos y originales que recrean grupos travestidos de príncipes y princesas, de flores, de payasos, de chulos, de todo aquello que el talento de las gentes ha conseguido idear con sumo secreto a lo largo de todo el año. Cuando lo indica el calendario, las calles se llenan de charangas y comparsas alegres y ruidosas, acompañadas por todos los vecinos y los forasteros más divertidos. En resumen, de vida. Celebran un “entierro de la sardina” como un rito tan sagrado como lúdico. Se divierten y divierten. Esa es la alma festiva que siempre se ha preocupado de crear lugares agradables para el ocio, el deleite y el baile, como la Sociedad Nuevo Casino que funciona desde finales del siglo XIX, o el Círculo Mercantil o la Sociedad Recreativa Bañezana, y en el último cuarto del siglo XX las modernas discotecas en las que la mayoría de los jóvenes leoneses de entonces hemos bailado alguna vez.

La Bañeza es, además, una ciudad abierta y cosmopolita que no admite complejos en sus fiestas y por eso no rechaza en ellas al extraño. Abre sus cuatro costados por carreteras y por ríos a través de los cuales no sólo entran la gente o el agua sino también la vida y un aire especial que se respira cuando se trata de beber, de comer o de cantar, o sea, de gratificar el cuerpo, a esa parte más festiva del alma. La Bañeza siempre ha contado con un número importante de restaurantes, bares, hoteles, pensiones y confiterías. Allí se pueden degustar las exquisitas ancas de rana que en pocos lugares más del país se encuentran. Y los mejores dulces. 


Aunque hay quien piensa que la instalación en su término de la “Azucarera” en la segundo década del siglo XX propició la aparición de los sabrosos productos que precisan del azúcar como los campos de la lluvia, lo cierto es que ya desde el siglo XIX venía funcionando con éxito la confitería Conrado, donde hoy se pueden adquirir los roscones de Reyes “más generosos” y famosos de España. O “La Dulce Alianza”, en la que los imperiales comenzaron a ganar merecida fama más o menos por la misma época y en un curioso cartel publicitario de entonces presume de sus “mantecados, bizcochos, chocolates elaborados a brazo” y de haber sido premiados en París en el año 1900. En ellas y otros establecimientos más modernos pueden hoy satisfacerse con agrado los paladares más exigentes.





sábado, 24 de abril de 2021

 

PONFERRADA

Ponferrada es una ciudad casi sagrada, tocada por los espíritus de los dioses y los embajadores encargados de descifrar sus misterios. Fue un obispo quien unió sus dos partes rotas de forma cruenta por un río (el Sil) al mandar construir un puente de hierro que le concedería además de unidad y cohesión, un nombre. A ese obispo (Osmundo) se le ha erigido una escultura en la glorieta de Correos acompañando a su rey Alfonso VI, el gran benefactor del Camino de Santiago y como consecuencia impulsor decisivo en el surgimiento de esta población allá por el siglo XII.


Desde entonces no le han faltado a Ponferrada personajes, leyendas ni organizaciones interesadas en participar de su historia. Perteneció en sus orígenes al Temple, la orden militar que se encargaba de proteger a los peregrinos que viajaban a tierra santa y a quien le entregó su dominio el monarca leonés Fernando II con el mandato de que la repoblaran y protegieran también a los peregrinos que se dirigían a la tumba del apóstol Santiago en Compostela. Aunque además de con guerreros contaban con miembros no militarizados que se encargaban de menesteres relacionados con las mercaderías y el dinero, no menos rentables. Aquellos caballeros ataviados con hábito blanco y cruz roja sobre el pecho restauraron el castillo (símbolo de la ciudad) que se levanta sobre un altozano que algunos identifican con un castro celta, para convertirlo en su morada. Y su impronta nos llega a los días de hoy en numerosas manifestaciones, celebraciones y recuerdos. A los Reyes Católicos (con tanto carácter místico como terrenal) correspondió incorporarla a la corona. Y hablando de vírgenes, que tanto gustan a los pueblos, se dice que la “suya” la encontraron los templarios en un tronco de encina, aunque hay quien le busca un origen más remoto varios siglos antes en Jerusalén, y los técnicos tratan de desbaratar ambas versiones atribuyéndole un origen más reciente. Hija de la leyenda y los misterios, no quedaba otro remedio que convertirla en patrona del Bierzo. En su honor se celebran fiestas el 8 de septiembre y su imagen se custodia en la basílica ponferradina de su mismo nombre.


Antes -mucho antes- Ponferrada no era más que un inmenso bosque de encinas, esos árboles de copas tan frondosas que apenas permiten ver el tronco y transforman el espacio en que se asientan en una selva mágica y misteriosa que nadie se atrevería a profanar. No en vano la encina era el árbol sagrado de Zeus y los sacerdotes emitían los oráculos interpretando el ruido del viento en su follaje. Y para los celtas -que anduvieron cerca de aquí también era un árbol divino, hasta el extremo de que los druidas residían siempre en bosques de encinas y si en el tronco había muérdago creían que eso revelaba la presencia del dios supremo.


La magia y el misterio siempre han ayudado a los hombres aunque a veces sea contra otros hombres. Pero Ponferrada dejó pasar el tiempo sin inmutarse demasiado para que éste jugara a su favor y cuando consideró que la situación le era favorable dio un paso decidido hacia el futuro.


Ahora Ponferrada es una ciudad nueva y vertiginosa que ha sabido subir por la pendiente de este último siglo con la celeridad de un rayo. En el siglo XVIII -ayer como quien dice- no era más que una pequeña villa sin la menor importancia. Fue a finales del siglo XIX y en los primeros años del XX cuando con la inauguración del ferrocarril de Galicia y más tarde con la explotación de las cuencas carboníferas y la puesta en marcha de la línea férrea a Villablino para el transporte del carbón se convierte de pronto en un importante centro ferroviario y minero. 


Algunos años después, en la década de los cincuenta, la ciudad va a conocer un esplendor aún más intenso que llenará de vida calles, plazas, casas nobles y tugurios. En poco más de diez años (de 1940 a 1950) el municipio prácticamente duplica el número de habitantes. Comienzan a explotarse entonces los yacimientos de wolframio a los que Raúl Guerra Garrido -con hondas raíces bercianas- dedica una interesante recreación en su novela “El año del wolfran”. Se descubre una de las reservas más importantes de hierro del país explotadas bajo la dirección de Coto Wagner. También se inicia la construcción del pantano de Bárcena, lo que supuso que un número importante de obreros y técnicos llegaran a la ciudad (como fue el caso de Juan Benet, que aunque no llegó precisamente para escribir sobre la belleza de esta tierra, seguro que se ha llevado con él al otro mundo un recuerdo imborrable) quedándose muchos de ellos definitivamente en Ponferrada. Pero sobre todo el hecho más trascendente para el despegue definitivo de la ciudad lo supuso la instalación de la Central Térmica que colocaría a la provincia leonesa en el sexto puesto en la producción de energía.


Tantas iniciativas de progreso y tanto desarrollo económico se iban a notar en la ciudad, y ejercieron su influencia de una forma también vertiginosa y espontánea. La gente trabajaba por el día y trataba de divertirse por la noche. Se abrieron locales para el negocio y la diversión. Las monedas corrían por los mostradores, repicaban sobre el mármol de las mesas y chasqueaban entre los dedos de los chulos, los alegres y todos lo que después de media noche se habían dejado embriagar por una cocina fuerte con olor a caldos y a botillo y un alcohol tan puro que les permitía llegar despiertos hasta la mañana siguiente y acudir al trabajo si era preciso sin tener que descansar. La calle respiraba los alientos de una vida muy bulliciosa. Como escribe el escritor ponferradino César Gavela en la premiada novela “El puente de hierro”, “mercaderes, ferroviarios, clérigos, ancianos de fantasía. Almacenistas, torturadores, hombres de ambición. Mujeres vertiginosas, libres y arrojadas. Amores inocentes o mercenarios, cárceles y conventos...”, convierten a Ponferrada en una de las ciudades más activas y dinámicas en el ecuador del siglo XX, en “la ciudad del dólar”. En el Edesa, en el Caballero, en La Obrera, se hablaba, se bebía y se jugaban el sueldo los empleados de tantas industrias y negocios. En el Casa Blanca se confundía la noche con el deseo. Y en burdeles como El Bosque o El Chigrín se buscaban aquellas mujeres listas y maternales que guardaban en las yemas de sus dedos y en el estremecimiento pícaro de su piel el secreto intransferible de una antigua pasión. 


Nadie veía entonces que tanta fiesta, tanto trabajo y tanto “chollo” pudieran acabarse algún día. No solo los optimistas o los voluntariosos sino hasta los organismos oficiales esperaban un progreso constante y apostaban por un desarrollo económico sin límites que se vería notablemente impulsado por la implantación de “altos hornos” que ya se proyectaban, con la repercusión que ello tendría en las demás industrias, en el comercio y en la vida de la ciudad.


La realidad no confirmó precisamente las expectativas creadas. Pero tal vez tampoco importa. Nadie va a lamentarse ahora por eso. Una ciudad que ha gozado de un instante de gloria puede seducir a cualquiera. Ponferrada lo vivió. Y no en tiempos inmemoriales, sino ayer mismo, cuando ya se habían consolidado definitivamente sus dos barrios (el de la Encina y el de la Puebla) como dos núcleos distintos o como las dos caras de una misma moneda. El barrio de una ciudad vieja en la que se ubican el castillo, el consistorio, la basílica de su patrona, las callejuelas estrechas típicas y antiguas que recuerdan otros tiempos, el museo del Bierzo en la calle del Reloj, o el museo de la radio, iniciativa de Luis del Olmo, el popular locutor a quien la ciudad ha distinguido con una plaza por los encendidos elogios y las atenciones que siempre le ha dedicado. Y el barrio nuevo con sus avenidas amplias y rectas donde se asientan el comercio, hoteles como el Temple, el Bérgidum, el Ponferrada Plaza o el Madrid (que ya vivió la época dorada), las cafeterías y los locales nocturnos de más ambiente, como el Bellas Artes un bar con buena música y un nombre atractivo en el que los más “progres” del lugar entretienen con alcohol a los demonios que interfieren con el sueño. También este barrio dispone de su museo, El Museo del Ferrocarril, ubicado en la antigua estación de la M.S.P. (Minero siderúrgica de Ponferrada).


Mientras tanto, el pueblo, como casi todos los pueblos en este final de siglo, vive un momento de confusión, de inmensa duda, rodeado de lugares hermosos como Peñalba de Santiago, Compludo (con su herrería), Toral de Merayo, Molinaseca... y bajo la atenta mirada de los montes Aquilanos. Los jóvenes buscan proyectos nuevos para el futuro y los más viejos recuerdan con orgullo un pasado que les ennoblece la nostalgia. Se peatonalizan calles, se abren nuevas plazas y avenidas, se siembran sueños y a veces se recogen tempestades. Pero la verdad total (la que incluye realidades e ilusiones) no encontrará un sitio en Ponferrada porque ya no quedan bosques de encinas ni sacerdotes sabios que puedan interpretarla por el ruido que hacía el viento en su follaje.










miércoles, 14 de abril de 2021

 MOLINASECA



Un pueblo no es nada sin sus gentes y éstas no son otra cosa que el fruto de esa tierra igual que lo pudieran ser el trigo, la uva o las cerezas. “Las frutas de Molinaseca se distinguen por su riquísimo sabor”, me dice con más entusiasmo que orgullo don Daniel, el maestro de siempre de Molina. Por eso a mí me ha gustado ver este pueblo cálido y entrañable reposando con el gesto humilde y suficiente de un sabio tranquilo a la sombra de montes serenos como El Soto, el Castro, Las Cembas o La Escrita, que lo cobijan en una especie de protección maternal que él ha sabido aprovechar y agradecer a través de los ojos de esas gentes que lo habitan. De esas mujeres cordiales que a la puerta de unas casas bellísimas de piedra rodada, tejados de pizarra y corredores de madera rebosantes de geranios, se entretienen pelando almendras para elaborar los dulces de los días de fiestas que celebran en Agosto en honor del Agua y de san Roque, y que te las ofrecen como quien ofrece algo de sí mismo, una caricia, una sonrisa o una gota de la propia sangre. A los ojos de don Daniel que, a la sombra del verano, me habla con nostalgia de los tiempos en que él tenía 60 niños en la escuela, el pueblo rebosaba actividad con 50 parejas de bueyes, más de 30 rebaños de ovejas que disfrutaban de las muchas y buenas praderías y de las fiestas citadas, unas fiestas pletóricas de sol, de espera y de alborozo a las que acudía Sapín, el mejor tamborilero del Bierzo, con su dulzaina y el tamboril para animar los bailes.


El pueblo por entonces era un auténtico vergel sin necesidad de recurrir a las aguas embalsadas de un pantano como se veían obligados otros pueblos de la comarca. Y es que ellos contaban con un RÍO. El Meruelo inundaba de vida la vega, y las huertas, los viñedos, los frutales se mostraban fértiles y nos ofrecían sus frutos con suma naturalidad.


Hoy el río se utiliza como piscina fluvial para que se bañen en él los veraneantes y se refresquen los peregrinos que en Año Jacobeo llegan en avalancha al pueblo sin poder creerse del todo que un solo lugar se concentren de tal manera la belleza, la armonía, la majestuosidad y los efectos de un espíritu superior que los recibe con los brazos abiertos -como a todo el mundo- para irlos estrechando en un abrazo amigo cuando, tras sortear el puente románico que lleva su nombre, acceden a la calle Real (la calle más hermosa del Camino de Santiago). En esa calle se conserva la casa en que pernoctaba doña Urraca en sus viajes a Galicia, que para eso Molina pertenecía a uno de los principales señoríos de su padre, el gran rey y conquistador de Toledo, Alfonso VI. También nos encontramos el palacio de los Balboa, una mansión esbelta y sobria que se deja proteger por inmensos torreones como brazos poderosos de un gigante. Con el nombre de “La Casa de las Torres”, los hermanos Rojo, descendientes de los Balboa, la han acondicionado como hostelería. Pepe Rojo me recibió, como es tradición en este pueblo, con una amabilidad espontánea y natural y me contó algunos detalles de la casa. Comí el menú del peregrino “en la misma sala que servía de albergue y hospital a los caminantes de otros siglos, bajo las mismas bóvedas de piedra”, donde, según las letras impresa en un sencillo folio por la mano del periodista de la familia, Alfonso Rojo, “podrás comer caliente, beber buen vino y reponer fuerzas para llegar a Santiago de Compostela”.


Molinaseca, un pueblo que enamora por su magia, por su luz, por los sonidos de sus aguas y el color de las plantas y las flores que adornan los balcones de las casas, debe, en gran medida, su origen y su vida al Camino. El párroco actual, don Maximino, me comenta que no se explica de otro modo que como fruto de las peregrinaciones el que se levantara aquí un templo dedicado a san Nicolás de Bari, en torno al cual se estableció sobre el siglo XIII una colonia franca. La basílica actual se erigió en el XVII. Hoy ejerce como iglesia parroquial amparando la robusta torre un edificio solemne y altivo (la perla del Bierzo) que guarda en su interior la emoción contenida de otros años y en sus bodegas el aroma inapreciable y amargo del trigo de los diezmos que los humildes labradores debían de pagar al clero. Cada una de las tres naves culmina en un retablo.


Pero no es éste el único edificio descollante en un pueblo que contó con siete molinos, siete ermitas y tres hospitales para peregrinos. El santuario de las Angustias dignifica el pórtico solemne a la magia y la elegancia de Molina. Puerta obligada en el Camino que nos abre el acceso las mejores tierras bercianas, se refugia desde tiempos muy antiguos en la falda de un monte que le sirve de cobijo en lugar de acoso como algunos llegaron a creer al comprobar las grietas que se abrían en su bóveda y en sus muros. Llevados por ese error, en 1931 se procedió a levantar la actual torre de piedra labrada, con el propósito de impedir que el edificio siguiera “patinando” ante el empuje de la cumbre. No lo consiguieron porque el fallo radicaba en los cimientos aunque, a cambio, se ganó la torre. Recientemente, ya en los años ochenta, se pudo acometer una rehabilitación integral del templo, orientada a otorgarle garantías que eviten sustos futuros.


Sin embargo, aunque se haya perdido parte del esplendor pasado como en tantos y tantos pueblos leoneses, Molinaseca conserva en su espíritu y en su piel lo mejor de aquella herencia y proporciona motivos a los tiempos -a todos los tiempos- para que no le vuelvan la espalda. Las edificaciones nuevas, bajo la protección de Bellas Artes, deben guardar el máximo respeto al entorno, la tradición y la cadencia que poco a poco van convirtiendo sus calles y sus plazas en una inacabable sinfonía. Pero las gentes no solo piensan en pasado. Se han abierto nuevos restaurantes, bares y hospederías que priman el trato exquisito a los clientes. Y varias fábricas de embutidos funcionan a pleno rendimiento y consiguen ganar fama y prestigio más allá de sus fronteras.


Los fines de semana el pueblo tranquilo y apacible se transforma. Cientos de automóviles llegados de Ponferrada y otros puntos cercanos toman materialmente el pueblo como si se tratara de una invasión pacífica y la calle Real y demás rincones se convierten en un río alegre de personas que van y vienen a través de la serenidad y la historia como si la quisieran romper, y comen en sus mesones y entran en sus bodegas. Hasta diez pude contar. Cabanas, un personaje auténtico y natural como el vino que sirve, me relata con detalle cómo diez años atrás, recogiendo el vino de su cosecha, se encontró con varios cántaros más de los previstos a causa de un fallo (él asegura que fortuito) en la prensa de su suegra, lo que a punto estuvo de acarrearle un serio disgusto. No encontrando salida para tanto vino -“y eso que yo soy un bebedor de primera”, me asegura-, decidió venderlo directamente en su bodega. Fue tal el éxito de la iniciativa, que otros la secundaron. Y hoy contribuyen a dar vida a esos increíbles fines de semana que muchos definen, “el milagro de Molina”.


Como se ve, todo es posible en este bello pueblo. La magia, la luz y los milagros. Los ojos sabios de sus gentes. La cordialidad, la sencillez y la melodía inextinguible de sus piedras. Pero nada es comparable, sin embargo, a una noche de verano con los faroles encendidos y la luna reflejándose en el río Meruelo a la vera del puente de los Peregrinos, con la iglesia de san Nicolás y el Santuario elevándose al fondo igual que mansiones de dioses muy altivos o muy sabios, y sentir en la piel erizada por la emoción que todo aquello te acaricia.


Era una noche de verano.




miércoles, 13 de mayo de 2020

NAVATEJERA

Navatejera es un pueblo en la encrucijada, un pueblo que ha saltado del ayer al hoy con rapidez y estrépito pero sin sobresaltos que alteren su plácido discurrir. Y que vive en la duda entre convertirse en “una ciudad dormitorio” del alfoz de León o mantener el espíritu tranquilo de “lugarejo”, como lo define Díaz-Jiménez y Molleda en el escrito que recoge el Boletín de Real Academia de la Historia de 1922 cuando se refiere al descubrimiento de la “Villa Romana” durante el año 1885, “en el camino muerto que entonces ponía en comunicación la capital con el pueblo de Villaquilambre y en el trozo que pasa junto a la ladera del altozano en que se encuentra el lugarejo de Navatejera...”.


Los romanos que llegaron a la provincia leonesa en busca de oro y otros bienes con que seguir engrandeciendo el imperio y levantaron el campamento militar de la Legio VII Gémina y puede que de la Legio VI a escasos cinco quilómetros de Navatejera, gustaban de buscar para sus asentamientos parajes bellos y despejados que reciban el influjo benéfico del aire y el sol y próximos a lugares donde abunde el agua, tan apreciada en sus vidas. Se dice que los romanos de entonces consumían tanta agua diaria como hoy la ciudad de Roma, ya que buena parte de sus cultura y costumbres giraban en torno al noble elemento.

Situado en la margen derecha del Torío y surcado por presas y manantiales en abundancia, Nava (como la conocemos casi todos) ofrecía incentivos suficientes para atraer a aquellos primeros pobladores. 

La Villa Romana”, cuyos restos se encuentran en situación de semiabandono a pesar de la declaración de Monumento Histórico Artístico en 1931 y al “amparo” del Museo de León, comprendía, según los investigadores, la casa de recreo a la vez que de labor de una notable familia de la época. En las excavaciones que siguieron a su descubrimiento casi por sorpresa en 1885 cuando las abundantes lluvias del invierno arrastraron tierras y horadaron profundos hoyos, se han recuperado ricos mosaicos, fragmentos de cerámicas, restos de estatuas que simbolizan a una diosa, monedas con la efigie del emperador y, según se recoge en la memoria, “instrumentos de labranza, piedras de molino y no escasa clavazón”. La residencia la componía una zona “noble” destinada a la familia y una “rústica” a su izquierda para alojamiento de esclavos y donde se hallaban también los cubiles, gallineros, bodega y edificaciones necesarias para cobijar a los animales y los diversos aperos de labranza. Espacio importante, como era costumbre en Roma, ocupaban los baños, con los diferentes hornos para calentar el agua destinada a los baños calientes y de vapor (caldaria y laconicum). Ya a principios del siglo XX, sin embargo, resultaba difícil diferenciar dichas estancias. En gran medida debido a que a los pocos días del feliz descubrimiento “y a pesar de las precauciones tomadas por la Comisión, el vulgo ignorante, aprovechando los descuidos del guarda, penetró por distintos puntos de la empalizada y destruyó las grandes baldosas que cubrían los hornillos de los hipocaustos, deshizo los pilares de éstos y arrancó las tégulas que formaban las cañerías que conducían el agua a las distintas habitaciones y que tendidas por los suelos y atravesando los muros, ora cálida, ora templada o convertida en vapor, calentaba, refrescaba o inundaba el aire de las cámaras. La destrucción hubiera sido completa de no haberse vuelto a soterrar los restos más notables y a cobijarse con edificaciones los ricos pavimentos de mosaico...”.

Los primeros pobladores debieron asentarse en este pequeño altozano que se eleva desde la “Villa Romana” buscando también el sol y otros vientos favorables y por cuyo subsuelo discurren las presas que incluso en recientes excavaciones para la construcción de nuevas viviendas ha originado no pocas dificultades. Y es que el agua ha estado siempre tan ligada al pueblo como a Roma. De hecho hasta su nombre la refiere, ya que como explica Ana Isabel Arias en su libro “San Antonio Abad y el pueblo de Navatejera”: “Navatijera o Nava Tixera debe su nombre a la abundancia de agua y presas que hay por estos parajes provenientes del río Torío. Nava significa tierra baja y llana con abundancia de agua, Tijera alude a los canales por los que discurría el agua”. El propio diccionario de la Real Academia de la Lengua incluye en la definición de nava la de “terreno pantanoso”. Por cierto, a san Antonio Abad, ese eremita al que las leyendas y la historia atribuyen una querencia especial por los animales e incluso la curación milagrosa de alguno de ellos, se le rinde tributo en el pueblo cada 17 enero, fecha estimada de su muerte. 

Puede que fuera la abundancia de agua unida al terreno arcilloso quienes propiciaron la instalación en el pueblo de varias “tejeras” donde se fabricaban tejas y ladrillos, como si quisieran encontrarle otro sentido al nombre que lo define. La última en cerrar se situaba precisamente muy próxima a los restos romanos, en el solar que hoy ocupa un inmenso bazar chino. 

Y es que como comentamos en las primeras líneas, Nava ha saltado con vértigo del ayer al hoy, de ese ayer que mediados los años cuarenta del último siglo apenas rebasaba los 200 habitantes cuando hoy ronda los 10.000. De ese ayer que como me recuerda un amable anciano sentado a la tímida sombra de las hojas de un viejo árbol protegiéndose de los primeros rayos de sol de una mañana de primavera en un banco de la pequeña plazoleta hoy llamada Plaza Salvador Fernández, “aquí -me informa- estaba precisamente la primitiva escuela, a la que acudíamos entre veinte y treinta niños cuando yo era rapaz, atendidos por un solo maestro”, a un hoy donde aproximadamente seiscientos alumnos acuden al moderno grupo escolar CEIP Villa Romana en que imparten clase más de cuarenta profesores. 

Y es que Nava se ha multiplicado en los últimos años “como los panes y los peces”. Muy especialmente desde los primeros noventa del pasado siglo cuando se acentuaba la expansión de la capital. Viendo levantarse chalets y edificios de varias plantas al lado de las viviendas más humildes, creando un polígono industrial (éste, al menos, sí, con empresas), acogiéndonos a multitud de leoneses que por diversos motivos nos hemos ido acercando a él. En su término se encuentra una de las instalaciones deportivas y sociales más completas de España bajo el nombre de “Casa de Asturias”, que ocupa una superficie que supera los 100.000 metros cuadrados y cuenta con cerca de 10.000 socios. Las calles, rotondas y la carretera León-Collanzo que la abraza por el este protegiéndola del Torío y la línea de FEVE que funciona (o debería funcionar) como tren de cercanías, han ido adquiriendo los hábitos de la urbe. Únicamente su iglesia se erige sobria y elegante en medio de tanto “desarrollo” con su espadaña apuntando al cielo y su atrio buscando y escondiendo el sol que llega del sur y dedicada a san Miguel Arcángel, en cuyo honor se celebran célebres y bulliciosas fiestas en el mes de Mayo.

Mientras todo eso sucede, mientras el tiempo pasa y las gentes viven, se afanan y divierten, Nava sigue acogiendo forasteros y todos -nativos y recién llegados-, contribuimos con nuestro grano de arena para que este lugar que tan propicio consideraban antiguos y sabios romanos siga escribiendo con elegancia su pequeña historia y manteniendo su espíritu noble, privilegiado receptor de agua, sol y aires favorables gracias a su inteligente emplazamiento.